Mercadona, reinado de la marca blanca, es un segundo símbolo de lo que es la España de hoy. Hasta Mercadona llega nuestra mesocracia contemporánea y dando gracias, yo el primero. ¿Qué más podemos pedir? Una calidad correcta, poca variedad, todo un poco por debajo de los originales, pero digno, lo que nos corresponde, lo que somos, a lo que llegamos. Déjese de aspiraciones, querer elegir, lujos y demás bobadas. Un vinito, una cervecita, y hasta tiene ya platos preparados, cada vez más. ¡Como está su tortilla! Porque ya no hay ni ganas, ni estructura familiar ni energía, ni medios, para hacerla en casa. ¡Con lo que mancha, acabáramos! ¡Yo dónde esté Hacendado, ahí voy!, ¡Que se quite lo demás! Estamos vencidos, hemos claudicado, completamente. Como con la ropa, las chancletas, la gorrilla. Un conocido aseguraba haberse llevado una sorpresa enorme al probar unas galletas con chocolate, llamémoslas, las originales. Es que hasta hoy sólo había probado la copia de Hacendado, que no están mal, pero que diferencia. Oye, ¿pero a tu edad sigues poniéndote ciego de galletas con chocolate? Pues sí. Pues no me sorprende, no hay más que verte, ahora me cuadran muchas cosas. La cosa acaba en una trifulca importante, que no llega a las manos, porque ninguno de los contendientes tiene ya energía suficiente.
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martes, 20 de octubre de 2026
domingo, 4 de octubre de 2026
RECICLAJE. De los dietarios de A. Bergamota, época de hierro (de la que algunos dicen que en realidad nunca salió).
El reciclaje es un primer resumen simbólico del estado actual de España. Gobiernan el recinto al que acudo dos forasteros (que no exactamente extranjeros, puesto que son hispanoamericanos). Uno de ello, el más joven, me llama jefe. El otro, con más años y cara de pocos amigos es más formal. Ellos son la juventud del lugar, porque hay que fijarse en la colección de objetos mellados y cascados que formamos los usuarios. De todos ellos, yo soy probablemente el más joven, que ya es decir. Los demás van de lo viejo a lo ya claramente decrépito. Otra cosa que me distingue también, y mira que lo siento, y lo anoto sin presunción alguna, es que soy el único que va correctamente vestido, es decir, como era normal vestirse antes en España, con pantalones largos, zapatos de cordón, una camisa y cosas por el estilo. Porque los demás viejetes y viejitas, maduritos, ancianos, jubilatas o como se les quiera designar -que de todo hay en la colección- van vestidos como auténticos adefesios. Ropa deportiva, escasa y apretada, para presumir, hay que entender, de carnes ya magras y trabajadas, como maceradas por la edad y la gimnasia, carnes oscurecidas por el sol del verano, que las ha pasado de tueste. Lycras, nylon, gorrillas de beisbol, escandalosas deportivas, shorts apretadísimos, para que me entiendan que no es lo mismo un pantalón corto que un chor o short. Todo ese pequeño mundo se agita como en un juego infantil para colocar cada objeto en su casilla. Somos una colección de cretinos, haciendo de hámster en la rueda del reciclaje, dedicando nuestro pobre tiempo que no es mucho a esta memez en la que nos han hecho creer a pies juntillas. Tan cierto es todo que, en el cubo para reciclar tóner, están los tubos de tóner y …sus envases de cartón, todo junto. Porque el fondo, al final, según parece va casi todo a la misma caldera. Espectáculo del que es difícil no darse cuenta, aún siendo uno mismo actor principal, viejete y sumiso.
jueves, 10 de septiembre de 2026
Borrador de esbozo de un escorzo del fragmento de un momento. Por A. Bergamota. Agradecemos a C. de Liposthey que nos haya cedido este texto.
En la inmensidad de la gran ciudad, en el sin fin de ocupaciones, desplazamientos y en la multitud de ridículas obligaciones que se imponían por todas partes había visto Bergamota como se ahogaban, como se iban lentamente desligando como víctimas de un líquido disolvente, todas las reuniones, todos los círculos, todas las tertulias. Primero víctimas de la odiosa y tiránica prohibición de fumar en lugares públicos, más adelante por los melindres, viajes, obligaciones, perezas, agotamiento y desazón de tantos.
Nada con una frecuencia superior a la mensualidad era posible. Como incluso en los acontecimientos mensuales eran habituales las ausencias, las más de las veces anunciadas la víspera o incluso pocas horas antes (me ha surgido, me ha pasado, no llego, lo lamento, pero, etc.), cualquier impulso para organizar algo perdía fuerza hasta debilitarse de tal manera que acababa muriendo.
Quedaba entonces la gran ciudad en su soledad, en toda su fascinación de largos paseos entre las masas anónimas, de infinitas caminatas mirándolo todo, callejeando hasta el agotamiento, deteniéndose a comer, a tomar un café, pegando la hebra con unos y otros, camarero, dependienta.
Recordaba al andar por aquellos barrios las largas caminatas del pintor Solana, que según parece podían durar en ocasiones hasta la madrugada, y que luego, el pintor vertía en infinitas cuartillas que quedaban desperdigadas por el suelo del comedor de su casa.
Nava supuso retomar contacto con una vida social, sentirse llevado, amparado en una estructura. Saludar por la mañana, acudir a la tertulia semanal, participar en la gacetilla local, iniciar el ciclo de conferencias, ayudar a don Tereso Infante Mogroviejo en la parroquia, acudir a Misa al ritmo del año litúrgico. [comentar los peros y decir que se salvaban por las extraordinarias circunstancias de Nava y la gente que allí concurría].
martes, 28 de julio de 2026
Un mal encuentro. De los dietarios de A. Bergamota. Época de hierro.
¿De qué hablan las personas que no se conocen mucho? Un poco de las noticias, un poco de cine, normalmente de mal cine, casi nunca de teatro y menos de libros, sobre todo de hombres y mujeres, familia, hijos, matrimonio, y cópula, cópula, cópula, el eterno tema de nuestra triste condición, tan primaria, tan a ras de suelo. Pero la condición humana que es tan ínfima puede a veces, elevarse, multiplicarse, dar tanto de sí que causa asombro: sucede con la bondad, con el amor al prójimo y a Dios, con algunas obras de arte y algunos artistas capaces de llevarnos un poco más lejos de esa conversación con desconocidos sobre cópulas de gimnasio, minutos de carrera, calorías. Bueno, pues ya está dicho.
domingo, 24 de mayo de 2026
El corbatín (de los dietarios de A. Bergamota).
¡Que cosas se ven en los toros! Allí dónde los que hacen el paseíllo van vestidos como nadie, son muchos los espectadores que se empeñan en lo contrario, en ponerse como representantes de la máxima fealdad y falta de decoro. Ayer bajaba uno las escaleras muy ufano y pagado de sí mismo, gran cabellera blanca, bien cuidada y repeinada. Pero dónde tenía que haber estado la corbata, aparecía el cuello blando de una prenda negra y fofa de tejido sintético. El ojo como magnetizado por el personaje y su atuendo no podía evitar mantener el descenso de la vista hasta encontrarse con unos pantalones a juego, más blandos aún, como de moro, rematados por las más extraordinarias zapatillas deportivas. Estaban seguramente abarrotadas de tecnología de última generación para pinrel dolorido, una auténtica prenda de astronauta. Mientras tanto, en la camioneta, estarían matador y cuadrilla, con chaquetilla y taleguilla manchadas después de la corrida, montera en mano, tal vez aflojándose el corbatín.
martes, 19 de mayo de 2026
España.
Hay que leer a veces, para mantenerse unido a la España que uno conoce, en la que uno cree, y que es el hogar, para volver a esa, lejos de todo aquello que es tan extraño y no tiene sentido.
Bar en la avenida de Madrid, mostrador de zinc, todos los viejos brandis, Veterano, Soberano, Magno, una botella de Pepermint sin usar desde hace veinte años, una enorme croqueta, mostrador con productos fríos bajo cristal desde hace semanas y un personaje extraordinario detrás de la barra, con barbitas y pelo absolutamente hirsuto, sin duchar desde hace un tiempo, que le dice a quien le pregunta: Toma lo que quieras que no soy tu mujer, ¿o es que tu mujer tiene perilla? Ese personaje en un bar en Barcelona resulta hispánico al cuadrado.
domingo, 17 de mayo de 2026
Recuerdo en mayo de una Navidad pasada. Ilustración: Tio con bigote (colección particular).
Son estos días entre Navidad y fin de año siempre inciertos, como entre dos aguas, tratando de descansar sin conseguirlo del todo, tratando de hacer mil proyectos sin realmente tener tiempo, trabajando, bregando, niños en casa. Y desde ayer por la noche dolor de garganta y un amago de trancazo. Una mañana larga, de verdad navideña, olvidada de todo, ha sido la del martes pasado. Aterrizamos en el Madrid viejo, vemos la exposición sobre Carlos III, hacemos luego un recorrido por varias iglesias para ver con los niños los nacimientos: Sacramento, San Miguel, San Isidro. Llegamos callejeando a la Puerta del Sol después de pasar por el Pozo dónde compramos mazapán, polvorones, y turrón de jijona, al haberse agotado el de yema. Nos despedimos de A y G que se quedan con su tía A. Llegamos C. y yo andando hasta la plaza de la Paja y comemos los dos en el Cosaco. El día entero sin teléfono. No es la primera vez que lo hago y es toda una liberación. El mundo como era antes, un único espacio, el que se pisa, y un solo tiempo.
sábado, 28 de febrero de 2026
Café.
El hombre de café es, entre otras cosas, manantial inagotable de resentimiento.
Gregorio Marañon.
Lo que a Marañón le ha faltado en la vida es más café.
Ramón Gómez de la Serna.
martes, 10 de febrero de 2026
Cuento sin edulcorar. De los papeles dispersos de A. Bergamota. Por el tono puede corresponder a la época de hierro.
Ayer
nos sirvieron una carne en el polígono, una pieza llamada croca, que a medida que
íbamos cortando sangraba con cada vez mayor abundancia. Quedaron los platos
cubiertos de una sangre color grosella y yo recordaba aquellos cuentos
antiguos, en que el alimento, en realidad un ser querido cocinado por la
malvada bruja se queja y lamenta, dando signos que permiten adivinar lo
sucedido, la realidad.
viernes, 6 de febrero de 2026
El doctor Melón. De los dietarios de A. Bergamota.
Evaristo Melón Pomelo. Hoy ha visto llover por la mañana, a cántaros, y formarse charcos. Ha oído como el limpia parabrisas hacia ruido al pasar por el cristal, para llevarse las gruesas gotas de agua. Se oía un roce, ir y venir. Luego ha sentido el frío, un frío muy fuerte, transportado por un viento helado, mientras se acercaba al bar del polígono para tomar café. Ha oído allí quejas y lamentos, voces exclamando ¡no puedo más! Ha intentado palabras de consuelo. ¿Pero qué quiere que le diga? Es difícil. Ha dicho: hombre, si comparas lo que te pasa con ser esclavo de los turcos en el siglo XVI y remar en una galera por el Mediterráneo bajo el látigo del cómitre, pues te quedas más tranquilo. Su comentario ha causado estupor. Ha visto puños cerrarse. Y encima los turcos te ponían mirando a Cuenca. Esto último lo ha dicho ya con un pie fuera del local. Por si las moscas.
Ha metido el pie en un charco. Y de nuevo el aire feroz, al andar entre las dos inmensas naves que forman como una chimenea gigantesca y sin fin. Al fondo el edificio de la enorme farmacia. Aquí todo es enorme. Los bocadillos también. Es que no son para un finolis como tú. Usted, por favor, tráteme de usted que no nos conocemos. Llamadas y llamadas, sin parar. La gente habla todo el tiempo. Primero con un indio de la India y una china de China o de algún rincón del lejano y misterioso oriente. Seguro que llamaba desde unas oficinas construidas con bambú sobre el agua, en el delta de un río, palafitos orientales. El indio hace un extraño ruido al hablar. Al hacer una pausa se oye un “tlac”, el golpe de la lengua sobre el paladar. Se oye el tlac cada cierto tiempo, rítmicamente. Tal vez sea el arroz con curry el que lo provoque. ¡Cuidado! ¡Cuidado que se va usted deslizando por cierta pendiente! No lo crea, me contengo. Al oír al indio hablar inglés, me bloqueo, dejo de entender, sólo veo una imagen, la de Peter Sellers en la película el Guateque. Y gracias a que me bloqueo contengo las ganas de ponerme a hablar igual, imitando su acento átono, sus giros reverentes. Sayonara sahib, me gustaría decir. Pero creo que no sentaría bien.
Me perseguirían los dos, la china y el indio, con una cimitarra y una cerbatana, lanzándome dardos envenenados, intentando rebanarme el pescuezo. Luego ha hablado con unos alemanes. Estaban con sus cervezas de diez litros, uno de ellos enchufado a un enorme barril de Pilsner, ya saben, “color dorado claro, cuerpo ligero y un amargor notable de lúpulo.” Pero comparados con el lejano y misterioso oriente, estos dos alemanes resultan anodinos. Más tarde el doctor Melón y Pomelo se ha marchado a comer, con un poco de lectura. Lectura para melones, es decir, prensa. Salmón, piña de postre, agua, un poco de pan. Por alguna razón se le ha quedado la panza tensa como la piel de un tambor. Al volver hacia el redil ha salido el sol y con él, una luz brillante.
Atmósfera cristalina, limpia, luminosa. Pero eso no ha quitado el frío. En la mesa de al lado uno que también se llamaba Melón, no Sandía no, Melón. También es coincidencia. A la vuelta, una parte de la acera está tapizada de tamuja que nadie recoge. Es decir, cubierta de las agujas que tiran los pinos que asoman por encima de una tapia. Con la lluvia se ha formado con una pasta mullida y oscura, sobre la acera, entre la tapia y unos contenedores a la derecha. Uno de ellos maltrecho. En el de papel, Melón ha tirado los artículos de prensa leídos durante la hora de comer. La camioneta no le cede el paso, como era previsible. Es de mantenimiento de ascensores. Si no está despierto, le planchan. En la recepción hay una que habla con su novio Felis. Así, con ese. Melón se asoma a la ventana. ¡Qué día espléndido se ha quedado! ¡Todo brilla con reflejos de plata! ¡Se estremecen las hojas de los árboles bajo este repentino rayo de sol! ¡Un altísimo cielo cargado de nubes escenifica un pictórico rompimiento de gloria de cegadora luz! Pensando que puede ser un temprano anuncio de la primavera, Melón y Pomelo relincha un poco. Varias cabezas de la oficina se giran al oírlo. Melón luego suspira. Y se sienta. No creo que sea necesario recordarle los deberes y obligaciones que a usted competen, y que tiene usted familia, Melón, así que baje los estores y a lo suyo. Lo primero es lo primero.
jueves, 1 de enero de 2026
Primero del año. De los dietarios de A. Bergamota.
Por lo menos una cosa buena es sentarse a escribir un momento. ¿Contar las celebraciones de estos días? Realmente, de la vida cotidiana, para escribir un momento, lo más divertido es lo más inmediato. Lo que apetece poner en el papel es el gesto, el rasgo, el momento. Un fogonazo, una visión, una pequeña observación. Los gestos de la cajera o las madres en las tiendas. En estos días de ajetreo, en la librería apareció una señora muy mayor, que quiso atenderme. Yo sólo iba a pagar una deuda. Ya. Pues entonces con ella, yo soy su madre, sabe. En el herbolario, una escena parecida. Cuando estoy pagando y ya charlando con la señora que me atiende, noto como alguien se acerca mucho a mí, demasiado, para lo que son las distancias en una tienda. Enseguida me rebasa, es una señora. Cruza el umbral del mostrador y al hacerlo me dice, mirando a mi interlocutora, es que soy su madre. Con eso quedaba explicando el movimiento y la libertad de cruzar del otro lado.
En la librería dejé a deber 50 céntimos al pagar un libro en efectivo y la librera, amablemente, me dijo que no pasaba nada, que otro día. Así que me acerqué el día 30 o tal vez fuera el 31 por la mañana – estos días he dado larguísimos paseos- para devolverlos. Me puse a la cola con la moneda en la mano. Algo inconsciente me había llevado por los alrededores de la librería, hasta que al meter la mano en el bolsillo y notar la moneda, recordé la pequeña deuda. En la cola fue cuando quiso atenderme la madre. La dueña ya me había visto por el rabillo del ojo, mientras apuntaba, con muchísimas dificultades, el número de teléfono de un cliente que se lo tuvo que repetir tres veces. Sin duda se debió aquello a que me había visto, y estaba mentalmente preparando la escena para cuando yo pagara, sin prestar la atención necesaria a lo que escribía. Se marchó el cliente y quedé yo en primera línea junto al mostrador. Alargué la moneda y con una sonrisa dije: Vengo a pagar mi deuda. Entonces, arrebolándose y con la mejor voz y un ademán como de salón antiguo me dijo que por favor, que no hacía ninguna falta, que no debía haberme molestado, ¡por favor! Al insistir yo – de ninguna manera, le dije, no estaba yo tranquilo, no se me podía olvidar- tendió la mano y deposité en ella la moneda. Todo en las alturas, lejos del mostrador. No llevaba ese día sombrero. De haberlo llevado hubiera podido quitármelo y embarcarme en mayores jeribeques, reverencias con paso atrás y otras ceremonias. Fue una escena verdaderamente versallesca.
lunes, 15 de diciembre de 2025
Historias del poligó. De los dietarios de A. Bergamota Elgrande (época de hierro).
El polígono está bajo un casquete de nubes oscuras, sin sol, como con la luz apagada y la ventana abierta. Aire, frío, humedad. Al cruzar la calle una parcela vallada permite jugar con los efectos ópticos. Si se mira sólo por el espacio entre dos camiones aparcados, no se ve más que la parcela sin construir. En verano es un simple desmonte, de tierra batida compacta y dura como el granito, de las que cuando éramos pequeños destrozaba las rodillas al resbalar sobre la arenilla, jugando a la pelota o correteando al ir a sacar al perro. Pero ahora, en invierno y con la lluvia de estos días, es otra cosa. Está cubierta de vegetación, de matorrales bien crecidos que a punto de secarse hace unas semanas han reverdecido. En primer plano retoños de olmo siberiano ya muy crecidos. Han cubierto la acera de sus pequeñas hojas amarillas formando una auténtica y resbaladiza alfombra otoñal. El centro de la parcela, más elevado, seguramente por la tierra acumulada de alguna excavación, da un aire campestre al conjunto. Con el relieve cubierto de densos matorrales desaparece la sensación de superficie alisada con una máquina, acotada y vallada, de terreno artificial. Al fondo, una hilera de árboles con todos los colores del otoño pues varios conservan todavía sus hojas, ocres, verde, grises y, sobre ellos, las nubes en cerrado y malencarado batallón.
domingo, 14 de diciembre de 2025
La voz de por aquí. De los dietarios de A. Bergamota.
La voz que ameniza estos parajes de por aquí dice esta mañana: No te preocupes Gemita, es que son hombres, ellos son así. Se oyen cosas extraordinarias. Gemita, hombrecito, Santi que me dices, etc. Cosas extraordinarias.
jueves, 11 de diciembre de 2025
EME. De los dietarios de A. Bergamota.
Va M. estricto por la calle, anda cuesta abajo. Ya es de noche y hace frío, así que avanza dando buenas zancadas, tanto para entrar en calor como para llegar pronto a casa. Ella viene en dirección contraria, por la misma acera, pero hacia arriba. Sus pasos son cortos, carece de silueta, es una masa de ropa oscura coronada por una melena de pelo rizado bastante hirsuto y desordenado. Avanza pesadamente y recuerda a un paquidermo capaz de arrollarlo todo a su paso si se enfureciera, pero pesado y pacífico si no se le molesta. Lleva la cerviz agachada fisgando el inevitable móvil. M., que va deprisa, empieza a calcular. En pocos pasos se cruzarán, pero los pasos inciertos y pesados del paquidermo no contribuyen a dibujar claramente dos calles, una hacia abajo y otra hacia arriba, una para cada uno, por las que seguir cada uno a su ritmo y cruzarse con seguridad. No se sabe con seguridad si la mole va por la izquierda o por la derecha. Pese a lo plúmbeo, su trayectoria es incierta y M. empieza a temer la colisión. Como M. es estricto se aferra a una vieja norma: debe cederle a ella el interior, galantemente, y tomar él la parte exterior de la acera. Maniobra para colocarse adecuadamente justo en el momento preciso en que se cruzan y entonces es embestido con inocencia y brutalidad. M. ha cometido el error de creer que la vieja norma está viva también para el paquidermo y es un código que comparte y aplica. M. se equivoca por completo, su falta de psicología es absoluta. No solo la bola de ropa no ha tomado el interior de la calle, sino que, sin levantar la mirada ha seguido recto hacia afuera para salirse de la acera y cruzar la calzada, casi sin mirar, y por donde le ha dado la gana. Como seguía mirando el móvil, el choque ha sido inevitable, brutal, potentísimo. M. ha sido proyectado hacia la carretera, con la suerte de que el 645 acababa de pasar. Si no le plancha, lo estampa, lo deshace, lo liquida. Se levanta rápido, empapado porque ha caído en un charco, frío y negro. Salta sobre la acera y al orientarse ve que la mole que ha cruzado le mira y gruñendo agita hacia el su grueso puño cerrado.
lunes, 13 de octubre de 2025
Cornudos
Y entonces se lo entregó y mientras el quitaba el papel que lo envolvía, oía como le explicaban, ya verá, ya verá, creo que es un libro que le gustará, le pega todo, fue verlo y acordarme de usted, no lo dudé un momento. Ya sin papel pudo leer el título: Cornudos y cabrones en la literatura española.
jueves, 27 de febrero de 2025
De los dietarios de A. Bergamota. Como siempre, cortesía de Calvino de Liposthey, biógrafo.
Es inevitable recordar al hilo de estas líneas la tentación de alabanza de aldea y menosprecio de corte de los clásicos. Porque la constatación práctica de la chifladura del mundo y de sus vanidades puede conducir lógicamente a la voluntad de retirarse, para dedicar el tiempo a cuestiones más hondas y mejores.
Otra reacción puede traducirse en dos actitudes. La de quien, si la vida le impone seguir en el mundo, lo hará con paciencia y caridad, ayudando si puede a paliar chifladuras, extravagancias y necedades, riéndose un poco de ellas, pero sin maldad, sin cinismo, coleccionando impresiones, aumentando el conocimiento del género humano mientras se le echa una mano, guardando en ocasiones prudentes distancias. Y la de quien pondrá su conocimiento de la humanidad al servicio de objetivos particulares, quien utilizará su conocimiento de miserias, flaquezas y ruindades como palanca con la que mover y manejar el hormiguero bullente que formamos todos los humanos. Y podrá hacerlo con desvergüenza y cinismo, para logros de toda clase, algunos inconfesables, o bien para llegar a metas valiosas, buenas. De todas las actitudes basadas en el conocimiento de la dura naturaleza humana esta última es sin duda la más valiosa, la de mayor mérito, la de ciertos grandes hombres que obraron para el bien común. Es sin duda también la más difícil y la que más energía requiere. Esa energía que a casi todos nos falta.
Para terminar este comentario, viene al caso recordar un capítulo de las novelas de Anthony Powell que leíamos ayer. Después de páginas y páginas en las que el autor nos refiere la vida y los enredos de varios personajes, con la descripción de su carácter, rarezas, celos, envidias, reacciones, enfados, contradicciones, aciertos, errores, etc. suenan las alarmas en Londres por un ataque de la aviación alemana. Una bomba cae sobre el lugar dónde varios de esos personajes se reunían para una fiesta. La bomba cae sobre la mesa alrededor de la cual acababan de sentarse. Otra bomba, solitaria, lanzada por un avión aislado, como despistado, cae sobre la parte trasera de la casa de otro de esos personajes. Ese personaje no fue a la fiesta, se marchó a casa, pero cayó bajo una bomba igualmente. Y es magistral esa manera radical de acabar de repente, de un plumazo, con miserias, rarezas, celos, envidias, reacciones, enfados, contradicciones, aciertos, errores. Nos damos cuenta de que todo aquello que parecía esencial, vital, importantísimo, no es nada. Y volvemos de nuevo a girarnos hacia aquello de la espuma de los días, la vanidad de vanidades y el cultivar su jardín.
Al poco rato, una melodía hace que se nos vayan las piernas, entran ganas de echar un baile, dar una vuelta, tomar un chisme. Y vuelta a empezar.
viernes, 21 de febrero de 2025
El mundo. Extracto de los famosos diarios de A. Bergamota (época de hierro, anterior a Nava). Cortesía de Calvino de Liposthey, biógrafo.
Bendita rutina sin duda, pero ¿Cómo resistirla? Cuanta más perspectiva se tiene de la sociedad española, peor es la impresión. Supongo que sucederá lo mismo con la sociedad de otros países. Quiero decir que, con mayor perspectiva, lo único que se consigue es un mayor catálogo de miserias humanas. Sin duda hay gente estupenda aquí y allá, pero tener mayor conocimiento de la sociedad en la que vivimos, lejos de reconciliarnos con ella, aumenta nuestro espanto. En un círculo pequeño, formado por familia, algún amigo, ciertos conocidos, trabajo, la miseria parece acotada, reducida, explicable por el conocimiento que tenemos de las personas, de su carácter y circunstancias. Pensamos por tanto que es excepcional. Que se debe a esta o a aquella causa evidente. Que sin esa circunstancia concreta que la crea, desaparecería. Al ampliar el campo de conocimiento, si por cualquier razón la vida nos lo permite o nos lleva a ello, por participar en instituciones, tener mayor vida social, etc. la sorpresa es que lo que nos parecía excepcional es en realidad general y que el estado natural y primero del hombre se compone de desequilibrio y chifladura. Nos impacta especialmente cuando el acceso a ese campo de visión más amplio llega tarde, con muchos años vividos en un mundo más pequeño. Que el hombre está profundamente tocado por el pecado original es algo tan evidente, tan obvio, que no puede haber duda de que es un perfecto loco, un demente, quien pretenda lo contrario, al estilo de Juan Jacobo y de todos los revolucionarios que le han seguido, en la esfera pública o particular. Porque la revolución ha sucedido también en la esfera particular, en la que la creencia en la perfección y bondad intrínsecas del hombre han conducido a dejar de educar.
Sólo la mejor educación, bondadosa, estricta y refinada, tan cara, es capaz de canalizar la condición alterada y desequilibrada del hombre. Esa educación incluye por supuesto la educación religiosa católica, el cultivo de la fe. Si no se accede a todo lo demás, que se acceda por lo menos a los diez mandamientos. Y aún así, las probabilidades de cierto éxito son ínfimas.
viernes, 24 de enero de 2025
Annapurna. Puede herir sensibilidades delicadas. De los dietarios de A. Bergamota.
¿Pero por qué le echaron? Fue cuando los síntomas de que se le estaba yendo la olla se agudizaron. Sobre todo, con los indios. ¿Cómo con los indios, con qué indios? Me refiero a los consultores, a los indios de la India, a los hindúes si es correcto llamarles así. ¡Ah! Ya entiendo. Aparecieron hace un año más o menos, para aquel proyecto. Si, esos. Y a él se le hacía cada vez más difícil soportarlos. No lo entiendo, si no hacíamos apenas vida con ellos, salvo por las llamadas de teléfono. Eso es lo que empezó a trastornarle, es lo que no soportaba: La voz, el acento, la entonación, el ritmo de las frases al hablar inglés. Empezó a obsesionarle.
De manera ostensible y fría, diría que casi flemática, empezó a darles a todos el mismo nombre, utilizándolo cuantas veces le resultaba posible. ¿Pero cómo? Annapurna. Empezó a llamarles a todos, Annapurna, imitando su acento. Mr. Annapurna, por aquí, good morning Annapurna por allá, Annapurna, Annapurna, Annapurna por todos lados.
Cuando el jefe de los
consultores habló con él para quejarse, le reconoció que no era capaz de
llamarles por otro nombre que ese, terminando la frase con un sahib muy sonoro.
Fue la gota que colmó el vaso. Con lo de Atahualpa, claro. ¿Cómo que con lo de
Atahualpa? Pues sí, que empezó con lo mismo, pero con los empleados de la
filial mejicana. Quieres decir que… Si, sí, que, a Carlos García, a Doroteo
Cienfuegos, a Marta Eloisa Rivera y a todos los demás, a todos, comenzó a
llamarles Atahualpa. Buenos días, Atahualpa, estimado Atahualpa, etc. ¿Ni
siquiera Moctezuma? Ni Moctezuma, ni Montezuma, ni Huitchilobos, a todos
Atahualpa.
¿Y qué tal está ahora? Mejor, en el campo. Pues con sus suegros de
jardinero en una casa inmensa no lejos de aquí, casi como un palacio en el
campo, una casa histórica de esas. Para eso tiene unas manos privilegiadas,
huerto y jardines son un vergel desde que se ocupa. Desde que lo tienen allí está
en forma física y la familia feliz. Bueno, pues mejor. ¡Qué cosas!
martes, 19 de noviembre de 2024
Le guste o no, suburbio. De los dietarios de Alcides Bergamota.
Se ha venido el atardecer de golpe y ya es casi de noche y la casa se ha como enfriado. Todo el día ha sido mortecino y gris, con el sol escondido como si no quisiera volver. Y no hace frío, pero hay una punta de humedad que no es de aquí. Humedad, cielo bajo y gris, como si casi todas las luces se hubieran apagado, y quedaran sólo algunas bombillas sin pantalla proyectando una luz tristísima. Se quita el sol y esto parece una tarde triste de París, de cuando llegamos con quince años, con mis padres, para vivir allí una corta temporada. No conocíamos entonces la ciudad y esa atmósfera húmeda, de cielo bajo y anochecer temprano se nos hizo cuesta arriba. Y ahora esta tarde tristona me lo recuerda, claro que, en cutre, sin el empaque de aquella ciudad. Esto de esta tarde es el gran Madrid, la expansión acelerada de los últimos cuarenta años. Aunque esta parte por la que paseo accidentalmente hoy es la mejor desarrollada, la parte pensada y rica, no deja de ser una zona impersonal, de burguesía media viviendo a la americana, en urbanizaciones con coches que van y vienen sin parar, niños a los que se lleva y se trae, autobuses de colegio, frenazos, bocinazos, paradas en doble fila, rotondas. Una señora con el inevitable perro. Otro perro cuya correa sujeta una chica que viste calcetín blanco y chanclas de goma, algo realmente feo. El perro es mucho más digno y elegante que ella. Árboles, cuatro tiendas, algún bar, de repente una calle con más solera, mejor pensada, un poco de urbanismo, y de nuevo el pueblito parcheado por el crecimiento con edificios de toda condición. Así es esto. Y no digo que esté mal, no del todo. Pero esta vida motorizada cansa a veces un poco.
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