Ayer
nos sirvieron una carne en el polígono, una pieza llamada croca, que a medida que
íbamos cortando sangraba con cada vez mayor abundancia. Quedaron los platos
cubiertos de una sangre color grosella y yo recordaba aquellos cuentos
antiguos, en que el alimento, en realidad un ser querido cocinado por la
malvada bruja se queja y lamenta, dando signos que permiten adivinar lo
sucedido, la realidad.

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