miércoles, 12 de septiembre de 2018

Memorias del Poligó. Ilustración de autor portugués, sin duda magnífico.


6 de noviembre.- Polígono. Me acerco un momento a tomar algo en la barra de un bar del polígo. Busco el periódico del día. No está. Miro hacia las dos mesas ocupadas. En una de ellas un gordo rotundo, impertérito, como de mármol o mejor de plomo, inmóvil, con un palillo en la boca. Lo tiene el. Nada que hacer. Lo lee con absoluta concentración e inmovilidad. Con el palillo en la boca. Ni siquiera el palillo se mueve. No se le oye pasar las hojas, no hay gestos. Creo que las pasa con la mirada. Al pagar lo hace con la mínima gesticulación, la cabeza fija, no parpadea, el palillo sigue en su sitio, petrificado. Hay en este gordo mucha humanidad, incluso en su flemática quietud. Siempre habrá más humanidad en un gordo potente y sano que en un flaco huesudo y rechupado, sin duda. Toda la barra tiene el cuello girado hacia la televisión. Desde que he llegado el único tema es el futbol, la sequía de goles, se dice, de una superstrella del deporte, como si el jugador fuera un dios del Olimpo que provocara la lluvia o la sequía de goles. Toda la barra está atenta y sigue con interés el asunto. Los que comen bocadillo se han girado ya del todo hacia el aparato. Los que tienen plato sobre la barra, van y vienen girando el cuello. Tristeza de poligó. Sólo el potente gordo, en su silencio, en su quietud paquidérmica, como de pausado y pastante rumiante, añade una nota pintoresca, de color, a este panorama de triste silencio televisivo.
De los diarios del gran polígrafo Alcides Bergamota Elgrande

(Nota: como es obvio la ilustración está muy por encima del ambiente y de los personajes reales de los que transmite una imagen distorsionado a mejor, sobre todo del camarero).

martes, 11 de septiembre de 2018

AU SIGNE DE FLORE (las referencias las daremos otro día).


(…) pero yo era como tantos otros, que ven la relación entre la gestión política y el caso físico o moral del país, pero quieren cerrar los ojos a ello. Si mi propia doctrina me lo reprochaba, la dormía considerando que el mal democrático era definitivo e insuperable. ¿Osaba consentir a la muerte de Francia? A eso no. Pero pensaba en ello lo menos posible.
Charles Maurras

lunes, 10 de septiembre de 2018

Poética de Sinforoso García Pote: Campo de cereal con la mies granada, junto con comentario inspirado.

Era la carretera una delgada línea de asfalto que se derretía bajo el sol del estío.
Avanzábamos con las ventanillas bajadas por un paisaje cuajado de luz y silencio. Un silencio atronador, no se oía más que el calor, sobre el fondo que parecía eterno, del zumbido de los insectos, uniforme y constante. Monótono y hermoso concierto de grillos y chicharras. Delante, espejismos. Del asfalto se levantaba una bruma, como si se derritiera el horizonte. Pero no llegábamos a ella nunca. Tierras de cebada cuajadas de cereal a la izquierda, arboledas y una aldea a la derecha. La minúscula carretera cruzaba un puente para sortear un arroyo veraniego, y aparecían los pinares detrás de una primera línea de álamos.





lunes, 3 de septiembre de 2018

Desvaríos al sol. Cuadernos de la Fundación Tato.

- Los Morcon Austria-Este siempre han sido problemáticos.
- No me diga.
- Hombre es obvio.
- ¿Lo dice por la mésalliance? Supongo que la familia de ella encajaría mal el asunto.
- Pues no, ellos no dijero nada, tampoco era una joya la niña y no aportaba patrimonio.
- ¿Fueron los Morcón?
- Pues si. Los que son las cosas. El abuelo quería dote y se puso hecho una furia. Los Carrizosa Ventimiglio en cambio estuvieron muy discretos.
- Tengo entendido que encima la parejita acabó a palos.  
- Natural, hoy no se aguanta ni una tos.
- Y menos ella, con lo tragona que era y ambiciosa.
- Gastaba mucho.
- Y el: corto de genio, medio lelo, y con eso mal mandado.
- ¡Vamos que algo jopútico el aninal!
- Mal burro el que a palos anda, ya lo dice el refrán y es una verdad como la copa de un pino centenario.
- ¡Vivimos bajo la tiranía de las moscas borriqueras!
- ¡Zumba que zumba!
- ¡Viva don Ramón, conio!
- ¡Eso, y al que no le guste que se aguante, palo, palo y palo!- y al decirlo accionaba con la pesada cachaba de cerezo, manejándose con pasmosa soltura y gran violencia, haciendo molinetes que hubieran partido la cabeza de cualquier enemigo, igual en todo a como se casca un huevo.

La sobreexcitación había llamado la atención de la del quiosco, vieja cotilla. Así que había dado la voz de alerta. Además, el sol estaba ya alto y pegaba fuerte sobre los bancos de la plaza.

- Vamos señores, que ya es hora, que les va a dar algo. Se levantaron los dos con algo de trabajo. Sin demasiada queja y con bastante dignidad siguieron a Jeromo hasta la Fundació Tato dónde entraron sin rechistar.
- Cualquiera le tose a Jeromo, con lo cacho mula que es, la última vez me metió para dentro a brazo, cruzado por encima de su hombro izquierdo, ¡como un saco de pienso!