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martes, 18 de julio de 2017

FUNERAL

Una reducida pero honorable representación del Cepogordismo acudió ayer a la plaza de Las Ventas, para asistir a la Misa de funeral por Iván Fandiño. Íbamos rodeando la plaza, con un ánimo tan distinto al de otras tardes, contemplándola en su silencio y en su misterio. El enorme coso parecía que nos miraba pasar, como vivo, para darnos la sensación de estar callado, recogido, sin el bullicio de otras tardes. Tal vez en vela. Sin las riadas de gente de los días de no hay billetes. Julio caluroso. Iba la gente formando una corriente débil, ligera, que se movía hacia el patio de arrastre, para llegar hasta el ruedo. Allí, sobre la arena, un pequeño altar adornado con un capote de paseo, una imagen de la Virgen de la Paloma a un lado y, al otro, una fotografía del torero, en el callejón, apoyada la cabeza sobre las manos colocadas sobre las tablas, meditabundo. Tres sacerdotes, la homilía del padre Goñi a quien pudimos saludar al terminar, sólida y sentida a un tiempo. Se miraba al cielo, a la inmensa bóveda azul que servía de altísima techumbre a la plaza convertida en templo. Y se habló de la vida y de la muerte, y de la redención por Cristo y del torero que está en los Cielos. Y se cantó “La muerte no es el final”. Las gradas vacías, y en el ruedo y en el callejón, todos nosotros, con la doble mancha, hoy, de católicos y aficionados a los toros. 

Para la Voz de Nava, 
Genaro García Mingo.










miércoles, 21 de junio de 2017

TOROS


Le vimos torear muchas veces. Por el fuimos a menudo a la plaza. Por lo que hacía, por su actitud, por lo que intentaba. Recordábamos su gran temporada, aquella feria de otoño, el desafío de los seis toros, la salida por la puerta grande de Madrid, una tarde en Guadalajara… Y hace un rato mirábamos los carteles de una plaza del norte y seguíamos buscando su nombre entre los toreros anunciados. Ni siquiera sabemos ahora como titular esto. ¿Recuerdo, memoria, desahogo? ¿Utilizar el latinajo In memoriam? Lo hemos dejado en eso, Toros. Desde que supimos lo que había pasado, llevamos unos días en un silencio interior. Y muchos aficionados están así, aunque parezca increíble, de luto. Sí, llevando un luto silencioso que en nuestro caso ha consistido en callar unos días, hasta que la noticia se ha posado en el fondo; el hecho ha tomado cuerpo definitivamente, pétreo e inamovible. No nos lo podíamos creer cuando nos avisaron el sábado por la noche. Pero ahora… Ahora, lo que era vago, improbable, lo que tal vez era un error, ahora es inapelable, fatal. La muerte del torero, en el ruedo, herido por el toro. Aunque no llevemos signos exteriores de pena, hay por dentro una aflicción, un duelo muy hondos. Y esto se conlleva con la renovada consciencia que al aficionado se impone, de que lo sucedido forma parte de lo que en la Fiesta, como en la vida, puede suceder. La impresión y el dolor tienen que ir inevitablemente acompañados de la plena aceptación de la fiesta de los toros, la del toro íntegro, la de los toros que hicieron grande a Ivan Fandiño. La fiesta en su totalidad, completa, sin mermas, sin disfraz ni recursos impropios, sin parodias, que es la forma de honrar la memoria de Iván Fandiño y de los toreros que como él perdieron la vida en el ruedo. Como comentábamos hace poco con otro aficionado, los toros son hoy, en puridad, una forma de resistencia moral. En la Europa de los minutos de silencio, que nada significan, rezamos por el eterno descanso de Iván Fandiño, por su familia –sus padres, su mujer, su hija-, por su cuadrilla. Para que encuentren el consuelo necesario e imprescindible en la Fe –hay vida después de la muerte-, y en la memoria de los días juntos.

AB el G, para el Diaro de N.