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viernes, 16 de octubre de 2015

Ediciones del 98


Sin ruido, sin furia, sin demasiada publicidad, al menos que sepamos, van apareciendo los libros de Ediciones del 98, con la única fuerza de la buena edición y un magnífico catálogo. Pueden fisgarlo en www.ediciones98.com. Pero sin duda lo mejor es hacerse con un tomete. Comprar el primero es ya convertirse en seguidor de tan excelente labor editorial que nos permite leer textos escritos directamente en español, lo que resulta una experiencia a años luz del deambular por entre las traducciones de textos vertidos a nuestro idioma desde otro, por muy buenas que aquellas sean, que no lo son siempre. Desde luego lo mejor es hablar y leer de forma corriente cuatro o cinco idiomas y leer los textos en el idioma original. Pero para quien tenga que quedar dentro del español –una gran suerte nadar en este idioma- Ediciones del 98 será una fuente de numerosos descubrimientos y de horas de la mejor lectura. Tiene la bondad de entregarnos, cada cierto tiempo, pequeñas joyas, textos breves, de autores más conocidos y de aquellos que lo son menos, de esa segunda fila en la que a menudo se esconden verdaderas maravillas. Perdonen esto de la segunda fila, que no significa nada. Ninguno de los que citamos a continuación se sienta ahí, pero el catálogo es ya amplio y la expresión es para entendernos. O se escribe bien o se escribe mal. Esa es la cuestión. Textos recuperados, rescatados, de aquellos que conviven con las grandes obras y que constituyen un mundo paralelo, lateral, a veces escondido o injustamente postergado, lleno de fabulosas sorpresas. Y Ediciones del 98 está sacando a la luz, con cuidado y delicadeza, todo ese mundo. Y lo hace en libros cuidados, bien editados, con buena letra, buen papel y buen formato en su sencillez. Entran por los ojos y la mirada se va detrás cuando pasea por mesas y estanterías de las librerías.


Terminamos ayer Semblanza de Pío Baroja, obra de su sobrino Julio Caro Baroja, un texto sobrecogedor por su belleza y delicadeza, por el poder de evocación no sólo de la figura de Pío Baroja, sino de toda una época, que incluye por supuesto Madrid (impresiona el cambio sufrido por el barrio de Argüelles en tan pocos años) y Vera de Bidasoa. También por una forma de entender la vida que se deja ver en cada página. Y además la mirada lúcida sobre una sociedad y unos acontecimientos cuyo peso en la historia de España todavía sentimos. Todo ello narrado con un idioma preciso, sencillo, claro y luminoso. De regalo un breve epistolario y numerosas fotografías del álbum familiar de los Baroja. Hace unos días terminábamos La Vida deprisa, colección de fabulosos relatos de César Gonzalez Ruano, autor por el que el cepogordismo siente una gran inclinación, y poco tiempo antes Tragedias de la vida vulgar de Wenceslao Fernández Florez. ¿Qué decir de esta recopilación de narraciones breves del autor del Bosque animado? Por lo menos, que va mucho más allá de lo que enuncia el título, incluyendo relatos de misterio sobrenatural y terror que ponen los pelos de punta. De Pío Baroja, en la misma editorial, hemos disfrutado con Vitrina pintoresca y con Las horas solitarias. En fin. Ediciones del 98 es una buena noticia en este panorama de vida pública tan revuelta y mediocre, una nueva oportunidad, una más, para detenerse y ver lo que España es realmente, lejos de juicios superficiales y apresurados, de tópicos, complejos y otras miserias al uso.

lunes, 11 de junio de 2012

El gran Wenceslao



De Wenceslao Fernández Florez esta genialidad:

“No es fácil escribir un libro de lecturas para la infancia. Muchos creen que para esto basta con que el autor carezca absolutamente de talento. Es un error. Hay en el mundo muchísimos tontos incapaces de producir esta clase de obras. Un tonto vulgar, un tonto que no rebase el nivel corriente de la tontería, no podrá nunca dar a luz un tomo de esa especie; hace falta ser un genio de lo ñoño, penetrar en los más profundos abismos de la pesadez, saber extraer la preciosa esencia del más idiota de los aburrimientos, y verterla en unas cuantas páginas.

Los libros de lecturas infantiles son un dique providencial opuesto a la audacia de los hombres. Todo el mundo sabe que la Naturaleza se defiende de mil maneras contra los atrevimientos del humano saber. Si no hiciese esto sus secretos serían bien pronto violados. Los libros de lectura de las escuelas son su arma principal y eficacísima. El cerebro mejor dispuesto después de varios repasos a Las tardes de Manolito, El niño bueno o El preceptor de Pepito, queda inútil para todo lo que no sea el servicio del Estado en las oficinas públicas. Manolito, Pepito y Florita son, en estas páginas, encarnaciones de lo imbécil. Si una subsiguiente educación no acudiera a manera de contraveneno espiritual, el mundo, lleno de esos seres, se haría insoportable.

Debía organizarse una Liga que protegiese a los chiquillos contra tales lecturas.”

Wenceslao Fernández Florez
Los ojos del diablo