En los toros una gorda limpia y bien peinada exhalaba vaharadas de sudor espeso cada vez que se meneaba. Y lo estuvo haciendo toda la tarde, para ganarnos los terrenos, adentrándose con habilidad y potencia en la zona reservada a nuestras piernas, las piernas de los sufridos espectadores. ¡Manolo! – gritaba la sonriente y alegre gorda- ¡Ven para acá! Iba el matrimonio con unos amigos y al subir por el tendido habían quedado separados por los acompañantes. Manolo se hizo el sordo un par de veces, pero a la tercera llamada ya dijo que no, que el quieto dónde estaba, por no molestar. Resultó enternecedor como estuvo ella pendiente de él toda la corrida con una gran sonrisa (¡Aplaude! ¡No aplaudas! ¡Oye, Manolo! ¡Pues a mí me gusta! ¡Mira cómo me rio!). Y el tranquilo, resguardado al otro lado de los amigos, a su aire, asintiendo con algún gesto, resoplando tranquilo. Porque era también un buen balleno, una buena morsa, con su descomunal papada, pero sin la chispa, sin la gracia de ella, que se puso cómoda, nos ganó los terrenos y nos toreó como quiso, con donaire y sin un feo, con su napia redonda y su sonrisa alegre, rotunda, real, fetén.
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