Evaristo Melón Pomelo. Hoy ha visto llover por la mañana, a cántaros, y formarse charcos. Ha oído como el limpia parabrisas hacia ruido al pasar por el cristal, para llevarse las gruesas gotas de agua. Se oía un roce, ir y venir. Luego ha sentido el frío, un frío muy fuerte, transportado por un viento helado, mientras se acercaba al bar del polígono para tomar café. Ha oído allí quejas y lamentos, voces exclamando ¡no puedo más! Ha intentado palabras de consuelo. ¿Pero qué quiere que le diga? Es difícil. Ha dicho: hombre, si comparas lo que te pasa con ser esclavo de los turcos en el siglo XVI y remar en una galera por el Mediterráneo bajo el látigo del cómitre, pues te quedas más tranquilo. Su comentario ha causado estupor. Ha visto puños cerrarse. Y encima los turcos te ponían mirando a Cuenca. Esto último lo ha dicho ya con un pie fuera del local. Por si las moscas.
Ha metido el pie en un charco. Y de nuevo el aire feroz, al andar entre las dos inmensas naves que forman como una chimenea gigantesca y sin fin. Al fondo el edificio de la enorme farmacia. Aquí todo es enorme. Los bocadillos también. Es que no son para un finolis como tú. Usted, por favor, tráteme de usted que no nos conocemos. Llamadas y llamadas, sin parar. La gente habla todo el tiempo. Primero con un indio de la India y una china de China o de algún rincón del lejano y misterioso oriente. Seguro que llamaba desde unas oficinas construidas con bambú sobre el agua, en el delta de un río, palafitos orientales. El indio hace un extraño ruido al hablar. Al hacer una pausa se oye un “tlac”, el golpe de la lengua sobre el paladar. Se oye el tlac cada cierto tiempo, rítmicamente. Tal vez sea el arroz con curry el que lo provoque. ¡Cuidado! ¡Cuidado que se va usted deslizando por cierta pendiente! No lo crea, me contengo. Al oír al indio hablar inglés, me bloqueo, dejo de entender, sólo veo una imagen, la de Peter Sellers en la película el Guateque. Y gracias a que me bloqueo contengo las ganas de ponerme a hablar igual, imitando su acento átono, sus giros reverentes. Sayonara sahib, me gustaría decir. Pero creo que no sentaría bien.
Me perseguirían los dos, la china y el indio, con una cimitarra y una cerbatana, lanzándome dardos envenenados, intentando rebanarme el pescuezo. Luego ha hablado con unos alemanes. Estaban con sus cervezas de diez litros, uno de ellos enchufado a un enorme barril de Pilsner, ya saben, “color dorado claro, cuerpo ligero y un amargor notable de lúpulo.” Pero comparados con el lejano y misterioso oriente, estos dos alemanes resultan anodinos. Más tarde el doctor Melón y Pomelo se ha marchado a comer, con un poco de lectura. Lectura para melones, es decir, prensa. Salmón, piña de postre, agua, un poco de pan. Por alguna razón se le ha quedado la panza tensa como la piel de un tambor. Al volver hacia el redil ha salido el sol y con él, una luz brillante.
Atmósfera cristalina, limpia, luminosa. Pero eso no ha quitado el frío. En la mesa de al lado uno que también se llamaba Melón, no Sandía no, Melón. También es coincidencia. A la vuelta, una parte de la acera está tapizada de tamuja que nadie recoge. Es decir, cubierta de las agujas que tiran los pinos que asoman por encima de una tapia. Con la lluvia se ha formado con una pasta mullida y oscura, sobre la acera, entre la tapia y unos contenedores a la derecha. Uno de ellos maltrecho. En el de papel, Melón ha tirado los artículos de prensa leídos durante la hora de comer. La camioneta no le cede el paso, como era previsible. Es de mantenimiento de ascensores. Si no está despierto, le planchan. En la recepción hay una que habla con su novio Felis. Así, con ese. Melón se asoma a la ventana. ¡Qué día espléndido se ha quedado! ¡Todo brilla con reflejos de plata! ¡Se estremecen las hojas de los árboles bajo este repentino rayo de sol! ¡Un altísimo cielo cargado de nubes escenifica un pictórico rompimiento de gloria de cegadora luz! Pensando que puede ser un temprano anuncio de la primavera, Melón y Pomelo relincha un poco. Varias cabezas de la oficina se giran al oírlo. Melón luego suspira. Y se sienta. No creo que sea necesario recordarle los deberes y obligaciones que a usted competen, y que tiene usted familia, Melón, así que baje los estores y a lo suyo. Lo primero es lo primero.

