sábado, 28 de febrero de 2026

Exposición del pintor danés Vilhelm Hammershøi (1864-1916). Por Genaro García Mingo, corresponsal.

Hay infinita información sobre este pintor, como sobre casi todo. En la página de internet del museo que organiza la exposición, en la red, hasta una lista de Spotify con la música que tal vez escuchó en su día. Era muy aficionado a la música al parecer y uno de los cuadros que más llama la atención es el retrato de un violonchelista. Tratemos de resumir lo que le ha parecido al modesto corresponsal de este periódico provinciano.

Este Vilhelm es sin duda un excelente pintor y sin duda también un hombre del norte, de muy al norte. Vemos cuadros de bellísima factura, composiciones equilibradas, un estilo y una visión personalísimos. Preferencia clara por los interiores y la arquitectura, interior y exterior. Una ventana, una puerta, la luz reflejada en la habitación. Una calle, un edificio. Un salón, con un personaje. Algunos retratos, pero da la impresión de que corresponden sobre todo a una etapa de juventud. Habría que verificar esto. Más adelante los retratos parecen limitarse a un único personaje, su mujer, Ida Ilsted. Ida tiene un rostro que nos resulta familiar, como de hoy y del norte. Guapa pero contenida, carita menuda, naricita respingona, pómulos y una expresión de desamparo, como si los ojos no miraran o lo hicieran sólo hacia adentro, hacia un interior desolado, una habitación fría (verán que esto que acabamos de soltar tiene mucho que ver con lo que viene a continuación). 

Hay varios autorretratos y cuadros en los que aparecen marido y mujer juntos. Pintó casi obsesivamente su propia casa que aparece como un lugar sereno, hermoso por los materiales excelentes, pero vacío, como suspendido en un espacio sin tiempo, detenido, dónde nada ocurre. En las muchas obras en que aparece la mujer del pintor, podemos verla unas veces retratada, pero muy a menudo como una figura de espaldas, ocupando un lugar estático en la habitación que parece ser lo que al pintor más interesa, en lo que primeramente se detiene su mirada: un ambiente refinado en el que apenas hay muebles, una mesa una silla, puertas macizas, paredes con zócalos de madera pintada y allí, como detenida también, su mujer, quieta, suspendida, como si no respirara. 

Bajo la excelente técnica, bajo la excelente pincelada, la cuidadísima composición, el magnífico dominio de cierta gama muy concreta y limitada de colores, nos asalta una frialdad sobrecogedora. Tres paisajes que también parecen quietos, inertes y como suspendidos. No imaginamos a Ida trotando alegre por el prado. Es imposible. 

Si al principio de la exposición los retratos de mujeres nórdicas, austeras y frías, con un aire protestante imposible de eludir, eran aviso de lo que podríamos encontrarnos, nada hacía presagiar hasta qué punto la frialdad de los magníficos interiores iba a resultar al avanzar por la exposición casi escalofriante. 

De la parte más importante de la exposición -la serie de interiores de formato mediano- destaca uno de ellos bañado en la luz dorada de un hermoso atardecer. Destaca sin duda porque se nos van los ojos detrás de tanto calor, de tanto oro y de esa luz tan cálida, casi se nota el verano, incluso en ese norte. Es un refugio. Pero pronto recibiremos el fuerte mazazo. Si Ida había estado de espaldas, o en un recatado perfil en casi todas las composiciones anteriores, ahora, sin previo aviso, la vemos de frente, de cuerpo entero y desnuda. Si llegábamos admirados por la factura, la técnica y la pincelada, pero helados por dentro, gélidos y como buscando ya la salida para respirar la avanzada de primavera madrileña, Ida de frente, saliendo de la bañera en postura encogida, azorada, de una blancura desvaída y triste, nos paraliza, se nos corta la respiración y poco falta para que broten las lágrimas. Hay afortunadamente, no muy lejos, un desnudo de pequeño formato, una bella de espaldas, rozagante, de carnes abundantes y luminosas, si no recordamos mal pintado por Eugene Carrière, en el que ojo asustado busca refugio y consuelo y que devuelve a la respiración su ritmo normal. 

Al salir de la exposición nos enteramos de que Ida y Vilhelm no tuvieron hijos. Al morir el pintor ya viudo, se subastaron sus bienes, incluida su biblioteca. Uno de los cuadros muestra un mueble con libros de Balzac y Dickens, lo que resulta consolador cuando esperábamos encontrar las obras completas de Lutero o sermones escogidos de Juan Calvino. 

Al salir del museo brilla el sol, los camelios del patio han florecido, unos en rojo, otros en blanco. 

Para el Heraldo de Nava, 

Genaro García Mingo, corresponsal.


Café.


El hombre de café es, entre otras cosas, manantial inagotable de resentimiento. 

Gregorio Marañon.

Lo que a Marañón le ha faltado en la vida es más café.

Ramón Gómez de la Serna.


domingo, 22 de febrero de 2026

Viento. De los dietarios de A. Bergamotta (o Bergomew).

Aunque el viento fortísimo viene helado, parece que se intuye hoy por fin la primavera. Dia de luz espléndida y colores intensos, más intensos por la prístina limpieza del aire. Las ramas de los árboles se agitan y el azul del altísimo cielo es todavía frío y metálico, pero luce el sol que entra por las ventanas tocando las cosas con sus rayos, como si fueran la mágica varilla de un encantador. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Avisos de Barrionuevo, II. La bodegonera. Madrid, vena del arca.

“De Nápoles se avisa el descontento del pueblo, con lo endiosado de Castrillo  y con las estafas de su mujer, que hace a todos, pidiendo y tomando cuanto le dan; haciendo muchos convites, y no a su costa, que duran de sol a sol; de que resultan hartos pasquines, pintándola como bodegonera (…). 

Ezpeleta anda retirado, no por lo civil, que eso ya se compuso, sino por confidente de Lanuza, y fato, depositario y mequetrefe de sus monipodios. Madrid, Señor, es la vena del arca donde acude toda la sangre del hombre. Yo soy curioso, y tengo muchos amigos que con particular cuidado me advierten todo lo que pasa. Aquí vienen a parar las nuevas de todo el mundo, con que no es mucho que, habiéndome dado Dios un poco de talento, me echa a volar a todas partes en servicio de Vm., que guarde Dios como puede, deseo y le suplico. Madrid y Octubre 21 de 1654 años. – Besa la mano a Vm. su mayor servidor, D. Jerónimo de Barrionuevo.” 




domingo, 15 de febrero de 2026

Avisos de Barrionuevo.

De los avisos de Barrionuevo, esta maravilla que sigue, y forma parte del aviso XXII, de la edición, de M. Tello, 1892:

(…) De Inglaterra se avisa que el Parlamento, que es lo mismo que Cortes generales, que ahora se ha juntado, pide a Cromwell tres cosas grandes: la primera que despida el ejército, supuesto que no tienen guerra con nadie, ni doméstica, dentro de casa; la segunda, que declare si él es Protector sobre el Parlamento, o el Parlamento sobre él, porque ellos no tienen necesidad de que nadie les defienda ni ampare; la tercera, que diga qué religión profesa. Tiénese por sin duda que le han de matar, porque su ánimo es de no dejarse tiranizar de nadie, sino de ser aquella isla república soberana como Venecia. 

Lo que yo tengo por cierto es que Dios ha de permitir entre ellos guerras civiles, para echar del mundo gente tan atroz y bárbara, pagando sus pecados acá y allá. Avisaré de lo que hubiere. 




martes, 10 de febrero de 2026

Cuento sin edulcorar. De los papeles dispersos de A. Bergamota. Por el tono puede corresponder a la época de hierro.

Ayer nos sirvieron una carne en el polígono, una pieza llamada croca, que a medida que íbamos cortando sangraba con cada vez mayor abundancia. Quedaron los platos cubiertos de una sangre color grosella y yo recordaba aquellos cuentos antiguos, en que el alimento, en realidad un ser querido cocinado por la malvada bruja se queja y lamenta, dando signos que permiten adivinar lo sucedido, la realidad.

lunes, 9 de febrero de 2026

Jardines. Un comentario ácido.

Con lo bonito que es un jardín, que puede ser espléndido, recogido, delicado, como se quiera, hay que ver la cantidad de cursilería y ñoñez que destila la literatura de jardines, los lugares comunes más planos con pretensiones de sensibilidad, con libros como Jardín oculto, por Emily Ploch Grão de Bico.



Libros.

"No ver la educación como una etapa previa a los años de trabajo, sino paralela y de toda la vida. Flexibilizar contenidos y calendarios en los planes de estudio para combinar educación y trabajo. Entrenar para el autodidactismo, y en particular: enseñar a leer libros completos, a resumirlos por escrito y discutirlos.

Después de la imprenta (renacentista) y la internet (actual), ¿se justifica la universidad (medieval)? Ya en el siglo XIX, Carlyle escribía: "La verdadera universidad hoy es una colección de libros". Lo más que puede hacer un maestro universitario por nosotros es lo mismo que un maestro de primaria: enseñarnos a leer (Los héroes, V).

Desgraciadamente, se han multiplicado los universitarios que no saben leer libros, y las universidades no se hacen responsables de tamaña atrofia.”

Gabriel Zaid, Reforma, 28 de septiembre, 2014, publicado en Letras Libres.






domingo, 8 de febrero de 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

El sofá.

En la calle que forman las dos hileras de naves yuxtapuestas a lo largo cientos de metros, apoyado de pie contra una pared, un sofá viejo de estructura de hierro forrada de azul. Tiene sujeto con celo un folio en el que a mano han escrito “Para llevar gratis”.



viernes, 6 de febrero de 2026

El doctor Melón. De los dietarios de A. Bergamota.

Evaristo Melón Pomelo. Hoy ha visto llover por la mañana, a cántaros, y formarse charcos. Ha oído como el limpia parabrisas hacia ruido al pasar por el cristal, para llevarse las gruesas gotas de agua. Se oía un roce, ir y venir. Luego ha sentido el frío, un frío muy fuerte, transportado por un viento helado, mientras se acercaba al bar del polígono para tomar café. Ha oído allí quejas y lamentos, voces exclamando ¡no puedo más! Ha intentado palabras de consuelo. ¿Pero qué quiere que le diga? Es difícil. Ha dicho: hombre, si comparas lo que te pasa con ser esclavo de los turcos en el siglo XVI y remar en una galera por el Mediterráneo bajo el látigo del cómitre, pues te quedas más tranquilo. Su comentario ha causado estupor. Ha visto puños cerrarse. Y encima los turcos te ponían mirando a Cuenca. Esto último lo ha dicho ya con un pie fuera del local. Por si las moscas.
Ha metido el pie en un charco. Y de nuevo el aire feroz, al andar entre las dos inmensas naves que forman como una chimenea gigantesca y sin fin. Al fondo el edificio de la enorme farmacia. Aquí todo es enorme. Los bocadillos también. Es que no son para un finolis como tú. Usted, por favor, tráteme de usted que no nos conocemos. Llamadas y llamadas, sin parar. La gente habla todo el tiempo. Primero con un indio de la India y una china de China o de algún rincón del lejano y misterioso oriente. Seguro que llamaba desde unas oficinas construidas con bambú sobre el agua, en el delta de un río, palafitos orientales. El indio hace un extraño ruido al hablar. Al hacer una pausa se oye un “tlac”, el golpe de la lengua sobre el paladar. Se oye el tlac cada cierto tiempo, rítmicamente. Tal vez sea el arroz con curry el que lo provoque. ¡Cuidado! ¡Cuidado que se va usted deslizando por cierta pendiente! No lo crea, me contengo. Al oír al indio hablar inglés, me bloqueo, dejo de entender, sólo veo una imagen, la de Peter Sellers en la película el Guateque. Y gracias a que me bloqueo contengo las ganas de ponerme a hablar igual, imitando su acento átono, sus giros reverentes. Sayonara sahib, me gustaría decir. Pero creo que no sentaría bien.
Me perseguirían los dos, la china y el indio, con una cimitarra y una cerbatana, lanzándome dardos envenenados, intentando rebanarme el pescuezo. Luego ha hablado con unos alemanes. Estaban con sus cervezas de diez litros, uno de ellos enchufado a un enorme barril de Pilsner, ya saben, “color dorado claro, cuerpo ligero y un amargor notable de lúpulo.” Pero comparados con el lejano y misterioso oriente, estos dos alemanes resultan anodinos. Más tarde el doctor Melón y Pomelo se ha marchado a comer, con un poco de lectura. Lectura para melones, es decir, prensa. Salmón, piña de postre, agua, un poco de pan. Por alguna razón se le ha quedado la panza tensa como la piel de un tambor. Al volver hacia el redil ha salido el sol y con él, una luz brillante. 

Atmósfera cristalina, limpia, luminosa. Pero eso no ha quitado el frío. En la mesa de al lado uno que también se llamaba Melón, no Sandía no, Melón. También es coincidencia. A la vuelta, una parte de la acera está tapizada de tamuja que nadie recoge. Es decir, cubierta de las agujas que tiran los pinos que asoman por encima de una tapia. Con la lluvia se ha formado con una pasta mullida y oscura, sobre la acera, entre la tapia y unos contenedores a la derecha. Uno de ellos maltrecho. En el de papel, Melón ha tirado los artículos de prensa leídos durante la hora de comer. La camioneta no le cede el paso, como era previsible. Es de mantenimiento de ascensores. Si no está despierto, le planchan. En la recepción hay una que habla con su novio Felis. Así, con ese. Melón se asoma a la ventana. ¡Qué día espléndido se ha quedado! ¡Todo brilla con reflejos de plata! ¡Se estremecen las hojas de los árboles bajo este repentino rayo de sol! ¡Un altísimo cielo cargado de nubes escenifica un pictórico rompimiento de gloria de cegadora luz! Pensando que puede ser un temprano anuncio de la primavera, Melón y Pomelo relincha un poco. Varias cabezas de la oficina se giran al oírlo. Melón luego suspira. Y se sienta. No creo que sea necesario recordarle los deberes y obligaciones que a usted competen, y que tiene usted familia, Melón, así que baje los estores y a lo suyo. Lo primero es lo primero.

viernes, 2 de enero de 2026

Gente reaccionaria. Se agradecen las sugerencias para mejorar la traducción al español.

Pendant le dîner (aux frais de Max, chez Lapi) il a entamé le chapitre de l’anticléricalisme italien.

« C’est le grand moteur des illustres idioties. Oh, une loi qui forcerait tous ces imbéciles à se rouler – sous peine de mort- aux pieds de tous les moines et de tous les prêtres qu’ils rencontrent dans les rues ! »

Et il a bu au pouvoir temporel des Papes.

Rentré ; un peu fatigué d’avoir entendu tant de paroles.

 

A. O. Barnabooth, Journal Intime.

Valéry Larbaud.

Bibliothèque NRF de la Pléiade, page 101.


     “Durante la cena (a cargo de Max, en Lapi), abordó el tema del anticlericalismo italiano.

«Es el gran motor de las idioteces ilustres. ¡Oh, una ley que obligara a todos esos imbéciles a postrarse —bajo pena de muerte— a los pies de todos los monjes y sacerdotes que se encontraran por la calle!»

Y brindó por el poder temporal de los Papas.

Volví a casa un poco cansado de haber escuchado tantas palabras.”




jueves, 1 de enero de 2026

Primero del año. De los dietarios de A. Bergamota.

Por lo menos una cosa buena es sentarse a escribir un momento. ¿Contar las celebraciones de estos días? Realmente, de la vida cotidiana, para escribir un momento, lo más divertido es lo más inmediato. Lo que apetece poner en el papel es el gesto, el rasgo, el momento. Un fogonazo, una visión, una pequeña observación. Los gestos de la cajera o las madres en las tiendas. En estos días de ajetreo, en la librería apareció una señora muy mayor, que quiso atenderme. Yo sólo iba a pagar una deuda. Ya. Pues entonces con ella, yo soy su madre, sabe. En el herbolario, una escena parecida. Cuando estoy pagando y ya charlando con la señora que me atiende, noto como alguien se acerca mucho a mí, demasiado, para lo que son las distancias en una tienda. Enseguida me rebasa, es una señora. Cruza el umbral del mostrador y al hacerlo me dice, mirando a mi interlocutora, es que soy su madre. Con eso quedaba explicando el movimiento y la libertad de cruzar del otro lado. 

En la librería dejé a deber 50 céntimos al pagar un libro en efectivo y la librera, amablemente, me dijo que no pasaba nada, que otro día. Así que me acerqué el día 30 o tal vez fuera el 31 por la mañana – estos días he dado larguísimos paseos- para devolverlos. Me puse a la cola con la moneda en la mano. Algo inconsciente me había llevado por los alrededores de la librería, hasta que al meter la mano en el bolsillo y notar la moneda, recordé la pequeña deuda. En la cola fue cuando quiso atenderme la madre. La dueña ya me había visto por el rabillo del ojo, mientras apuntaba, con muchísimas dificultades, el número de teléfono de un cliente que se lo tuvo que repetir tres veces. Sin duda se debió aquello a que me había visto, y estaba mentalmente preparando la escena para cuando yo pagara, sin prestar la atención necesaria a lo que escribía. Se marchó el cliente y quedé yo en primera línea junto al mostrador. Alargué la moneda y con una sonrisa dije: Vengo a pagar mi deuda. Entonces, arrebolándose y con la mejor voz y un ademán como de salón antiguo me dijo que por favor, que no hacía ninguna falta, que no debía haberme molestado, ¡por favor! Al insistir yo – de ninguna manera, le dije, no estaba yo tranquilo, no se me podía olvidar- tendió la mano y deposité en ella la moneda. Todo en las alturas, lejos del mostrador. No llevaba ese día sombrero. De haberlo llevado hubiera podido quitármelo y embarcarme en mayores jeribeques, reverencias con paso atrás y otras ceremonias. Fue una escena verdaderamente versallesca. 




martes, 23 de diciembre de 2025

PASCUAS DE NAVIDAD

 FELIZ NAVIDAD

Jesús en el pesebre: he aquí una buena lección para aprender que toda las grandezas de este mundo son ilusión y mentira. 

San Francisco de Sales






lunes, 15 de diciembre de 2025

León. De los dietarios de A. Bergamota.

Es natural que se escriba cuando no se puede más o al menos para sobrellevar miserias y rutinas. Ya sabemos por Aristóteles, vía el Tolstoi de Ana Karenina, que “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Seguramente esto pueda aplicarse a los individuos. Y con esto no quiero decir que uno se sienta retratado o identificado, pero oiga, algo hay, que la vida pesa y va cobrándose facturas. De ahí, volviendo al principio, que sea mucho más fácil crear obras de ficción en la que ocurran desgracias, aunque sea como mero desahogo de quien las escribe, recrea, elabora o inventa. Únicamente las personas excepcionales, los muy grandes artistas son capaces de plasmar, recrear y narrar, la alegría y la felicidad, de las personas, del mundo, del paisaje, de la Creación. Si, con mayúscula. Y sin duda Tolstoi, pese a su pesimismo y tantas negruras, es uno de ellos. Lo son también, así a vuelapluma, el Gabriel Miró de Nuestro padre San Daniel y El obispo Leproso; el Balzac de alguno de sus cuentos largos; el Iván Goncharov de Oblomov, por citar otro ruso; muchos momentos de nuestro Galdós y por supuesto muchos grandes poetas, músicos y pintores, en la medida en que belleza y felicidad pueden asociarse. Aquí queda estom que, por otra parte, no tiene mayor importancia.



Historias del poligó. De los dietarios de A. Bergamota Elgrande (época de hierro).

El polígono está bajo un casquete de nubes oscuras, sin sol, como con la luz apagada y la ventana abierta. Aire, frío, humedad. Al cruzar la calle una parcela vallada permite jugar con los efectos ópticos. Si se mira sólo por el espacio entre dos camiones aparcados, no se ve más que la parcela sin construir. En verano es un simple desmonte, de tierra batida compacta y dura como el granito, de las que cuando éramos pequeños destrozaba las rodillas al resbalar sobre la arenilla, jugando a la pelota o correteando al ir a sacar al perro. Pero ahora, en invierno y con la lluvia de estos días, es otra cosa. Está cubierta de vegetación, de matorrales bien crecidos que a punto de secarse hace unas semanas han reverdecido. En primer plano retoños de olmo siberiano ya muy crecidos. Han cubierto la acera de sus pequeñas hojas amarillas formando una auténtica y resbaladiza alfombra otoñal. El centro de la parcela, más elevado, seguramente por la tierra acumulada de alguna excavación, da un aire campestre al conjunto. Con el relieve cubierto de densos matorrales desaparece la sensación de superficie alisada con una máquina, acotada y vallada, de terreno artificial. Al fondo, una hilera de árboles con todos los colores del otoño pues varios conservan todavía sus hojas, ocres, verde, grises y, sobre ellos, las nubes en cerrado y malencarado batallón. 

Apuntes. De los dietarios de A. Bergamota.

De un viaje en tren de alta velocidad, volviendo de Barcelona:

(…) mimado anglófono han pasado a la pizza. ¿Se dice pizza, picsa o piza? Dan ganas de alejarse todo, a veces, huir como en marcha y saludar tocándose el ala del sombrero subido a una encina, ante las miradas alucinadas del paisaje. [¿Se entiende eso? Estoy pasando viejos apuntes y la letra no es muy buena.] El encinar verde, los rastrojos amarillos, con el cereal cosechado y las pacas esperando la recogida. Veo a lo lejos, marcada por los cipreses que la rodean aquella casa y surge espontánea la evocación de aquello ya tan lejano. 

Sobre un teso una iglesia, zumba el tren y se perciben las casas arracimadas alrededor, del color de la tierra. Pantallas digitales, rojo sobre espejo en el tren que se acerca a los trescientos kilómetros por hora. Alrededor y sobre mi teléfono móvil, redes de telecomunicaciones, un sinfín de transmisiones. También un niño que da el coñazo, el pobre, de padres descalzos. Y fuera, inmóvil, el tiempo. Y la historia. Como congelados y retenidos en la dehesa que atravesamos al superar el último apeadero antes de Madrid, en el que no paramos. Fugazmente los paisajes de esa otra dimensión: carretera de los pantanos, la fantasmal y pasmosa Valdeluz, como queriendo saltar hacia el tren, hacia el mundo digital, moderno, cotizado, pero retenida por la tierra, aplastada por la luz de un cielo inmenso, luz infinita, nubes bajas, blanco, cobre, azul. (…) Los papás del niño horroroso, especie de indios criadores de (…).

***



domingo, 14 de diciembre de 2025

La voz de por aquí. De los dietarios de A. Bergamota.

La voz que ameniza estos parajes de por aquí dice esta mañana: No te preocupes Gemita, es que son hombres, ellos son así. Se oyen cosas extraordinarias. Gemita, hombrecito, Santi que me dices, etc. Cosas extraordinarias.



jueves, 11 de diciembre de 2025

EME. De los dietarios de A. Bergamota.

Va M. estricto por la calle, anda cuesta abajo. Ya es de noche y hace frío, así que avanza dando buenas zancadas, tanto para entrar en calor como para llegar pronto a casa. Ella viene en dirección contraria, por la misma acera, pero hacia arriba. Sus pasos son cortos, carece de silueta, es una masa de ropa oscura coronada por una melena de pelo rizado bastante hirsuto y desordenado. Avanza pesadamente y recuerda a un paquidermo capaz de arrollarlo todo a su paso si se enfureciera, pero pesado y pacífico si no se le molesta. Lleva la cerviz agachada fisgando el inevitable móvil. M., que va deprisa, empieza a calcular. En pocos pasos se cruzarán, pero los pasos inciertos y pesados del paquidermo no contribuyen a dibujar claramente dos calles, una hacia abajo y otra hacia arriba, una para cada uno, por las que seguir cada uno a su ritmo y cruzarse con seguridad. No se sabe con seguridad si la mole va por la izquierda o por la derecha. Pese a lo plúmbeo, su trayectoria es incierta y M. empieza a temer la colisión. Como M. es estricto se aferra a una vieja norma: debe cederle a ella el interior, galantemente, y tomar él la parte exterior de la acera. Maniobra para colocarse adecuadamente justo en el momento preciso en que se cruzan y entonces es embestido con inocencia y brutalidad. M. ha cometido el error de creer que la vieja norma está viva también para el paquidermo y es un código que comparte y aplica. M. se equivoca por completo, su falta de psicología es absoluta. No solo la bola de ropa no ha tomado el interior de la calle, sino que, sin levantar la mirada ha seguido recto hacia afuera para salirse de la acera y cruzar la calzada, casi sin mirar, y por donde le ha dado la gana. Como seguía mirando el móvil, el choque ha sido inevitable, brutal, potentísimo. M. ha sido proyectado hacia la carretera, con la suerte de que el 645 acababa de pasar. Si no le plancha, lo estampa, lo deshace, lo liquida. Se levanta rápido, empapado porque ha caído en un charco, frío y negro. Salta sobre la acera y al orientarse ve que la mole que ha cruzado le mira y gruñendo agita hacia el su grueso puño cerrado. 

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Diletante. De las divagaciones de A. Bergamota.

El diletante Luigi Mascarpone di Lambrusco arruga la manilla larga y firme al dirigirse a su auditorio de féminas culturetas. Mascarpone di Lambrusco seguramente preferiría, si pudiera optar, por un auditorio de féminas de otro tipo, pierna cruzada, coleta alta, generoso… Mascarpone ha dejado de divagar y se concentra en sus papeles. Luigi Mascarpone di Lambrusco, mundano. Esa es la palabra que adornaría la lápida de su católica tumba si se le hiciera implacable justicia. Preso del mundo, casi por completo, ni siquiera de la carne. Y poder, ninguno, g. a. D.  Mientras se dirige a su auditorio de féminas al diletante se le van los ojos, parece que se le salen de las órbitas. ¿Será por la exaltación o por el hambre?