lunes, 10 de octubre de 2016

Novillada


Fuimos ayer a los toros. Una novillada de encaste Carlos Nuñez. A nosotros nos parecieron bien presentados, escasos de fuerza sobre todo dos de ellos que se desfondaron, aunque sin llegar a naufragar la tarde, que tuvo interés. Uno de los novilleros fue vapuleado por sus dos toros. El primero de una derrote se lo subió al lomo, de dónde volvió a caer sin que pasara nada más grave. El segundo novillo –por hechuras eran realmente toros- le estuvo avisando toda la tarde hasta que al final le prendió de la misma forma y en el mismo momento en que lo había hecho el primero. Pero esta vez con más fuerza, más violencia, de manera tan aparatosa, tan a placer el toro que pensamos que lo había empitonado de verdad y que estábamos asistiendo a una tragedia. San Pedro Regalado estuvo al quite toda la tarde, y nuevamente se produjo el milagro de salir ileso, queremos decir, sin empitonar. Pero realmente lo interesante del lance es que, según nos parece, los dos toros le cogieron por la misma razón, y es que los dos iban sin torear, tan a su aire y tan poco sometidos que se acabaron por enterar de quien era y donde estaba el señor que a buena distancia se movía como haciéndoles la ola. El toro pasaba y el torero pasaba, el toro se paraba y el torero también, el toro arreaba y el torero tenía que arrear cediendo terreno, dando uno o dos pasos atrás, o los que fueran. No vimos parar, ni mandar. Y templar, templaba el toro. Hasta que harto y descubierto el engaño, se fue al bulto y no pasó nada más porque Dios no quiso.

 

Y a ese novillero que no sabe nada de su oficio, que en rigor realmente no toreó, el público de ayer le premió con una oreja. ¡Pero qué público! No nos entretendremos en describirlo porque sería faltar a la caridad. ¿Quién decía aquello de ¡que publiquito! utilizando el diminutivo para no decir más? Salvo que alguien del entorno del novillero haga algo por corregirlo, el premio que equivocadamente le dieron ayer conduce directamente a la cogida grave si no enmienda su actitud y se pone a torear. Otra cosa es que toreando de verdad, mandando y obligando al toro de verdad hubiéramos podido ver ayer tantos pases como ahora se dan. Es posible que mandados y obligados de verdad, por un torero en su sitio y dominador del arte de Paquiro, al menos dos de los seis animales, si no cuatro de los seis, se hubieran tumbado al tercer muletazo mandón. Entonces, porque no se sabe o porque no se puede, por una cosa o por otra, no se torea. Se corre la mano al son que marca el toro confiando en que su floja condición permita dar cuatro o cinco series sin problemas mayores, con un animal repetidor, mecánico y colaboradpr. Pero si el bicho saca un algo, una punta de genio, o de enterarse, o de lo que sea, que no sea seguir sobre los raíles de tren que parece que le han puesto, entonces, como va sin torear, ¡torero por los aires! Y gracias a que ayer sólo fueron magulladuras.

 

Y el público. ¿Qué entrada habría ayer en Las Ventas? ¿Dos mil, tres mil personas? Enorme cantidad de extranjeros, representantes de casi todas las naciones del orbe. El españolito que tenga quejas de sus compatriotas no tiene más que acercarse a Las Ventas una tarde como la de ayer para ver como son nuestros vecinos de otros países de Europa o la tropa norteamericana y asiática. Se le pondrán los pelos de punta. Entiendo que no es un consuelo, pero no deja de ser toda una experiencia. ¡Y eso que estos son los que van una tarde a los toros! Es decir que no forman de la masa radical-ecologista-vegana-antitaurina-animalista-animista. Es posible que pertenezcan a la tribu de tornillo en la nariz, adicta a la Diosa Salud, al footing, jogging, gimansing y al joputin, no podemos asegurarlo, pero al menos han tenido la curiosidad de acercarse a la plaza. Si además el españolito es cepogordista (pero entonces no será quejica, porque el cepogordismo no es llorón), puede rizar el rizo encendiendo entre ese público un habano, un habano pequeño, no hace falta que sea una gran trompeta. El experimento clínico en que consiste la observación de ese raro público alcanza entonces su paroxismo y surgen de repente todos los comportamientos característicos del modernillo cargado de derechos que pone caritas, hace aspavientos y toda clase de gestos. Sobre todo ellas fíjense, ellas, verdadera encarnación del tiorrismo contemporáneo. A nuestra derecha seis que parecen italianos. Menores de treinta y cinco. Pinta medianeja, pero no del todo desastrosa, cierto aseo, ni taladros ni a la vista tatuajes. La que ellas organizan porque en dos ocasiones se les arrima una volutilla de humo sutil es una cosa para filmarla. Por su supuesto el ceporgdista impertérrito lamenta no haber traía la mentada trompeta y una chimenea de cartón para dirigir el humo contra las tiorras. Ellos callan y no mueven un músculo, como avergonzados por las demostraciones de ellas que son las que seguramente mandan, como es hoy en día habitual. Podían haberse cambiado de sitio porque la andanada estaba prácticamente vacía, pero eso no se les ocurre. La cosa es montar el pollo reivindicando derechos que en este caso además no tienen. En el cuarto toro las tiorras se levantan y dan la señal de partida.  Ellos, cabizbajos, las siguen sin rechistar. Nos quedamos con la búlgara de delante que viene con una señora que parece ser su madre y un señor de grandes bigotes y potente nariz, de edad indefinida, probablemente su marido, de ella, no de la madre. A la búlgara le falta un diente. ¿Nos veremos así alguna vez, faltos de un diente? Va correctamente vestida con un detalle importante que le agradecemos: bonito zapato cerrado de color rojo. Es decir, no nos enseña los pies, que es algo tan desagradable y ordinario. Muchas gracias señora búlgara. Encantada al ver que se largan las tiorras italianas se enciende el segundo pitillo y hablamos un poco. Ha detectado que somos indígenas y nos pregunta en buen español alguna cosilla sobre el desarrollo de la lidia que luego traduce a su madre en búlgaro (asumimos que en un perfecto búlgaro). Cae la tarde y al subir las escaleras para llegar a la avenida de los Toreros nos damos un momento la vuelta. La plaza iluminada es un hermoso espectáculo, que transmite hoy una punta de melancolía.

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