viernes, 31 de enero de 2014

REFUTACIONES (y una carta de Samuel Johnson).

No es cierto como se ha pretendido que Alcides Bergamota duerma con un chupete previamente mojado en anís. En todo caso, de ser cierta la costumbre, es evidente que el chupete lo mojaría en brandy, pero no en anís, demasiado dulce y empalagoso para la acerada personalidad del gran polígrafo.

Tampoco es cierta su pretendida misoginia ni la supuesta afición a interrumpir reuniones, asambleas o incluso tés femeninos o feministas con expresiones soeces, exabruptos y gestos obscenos. De ninguna manera puede concebir algo así quien haya tratado al gran Bergamota y disfrutado de su delicada cortesía, que algunos han calificado de refinada e incluso dieciochesca.

Esa famosa anécdota que ha pretendido enfrentarle a la Condesa Croqueta (según algunos genealogistas, Condesa de la Croqueta), a la que habría llamado león marino por las arrobas y el bigote y gorda de mentalidad, es completamente falsa. La condesa no tiene bigote, y es una amiga de infancia del eximio polígrafo, de un refinamiento e inteligencia poco común. Las cabriolas sexuales, la práctica de un inagotable e irrefrenable catálogo de obscenas posturas es otra atrocidad pergeñada por la envidia, falsa de toda falsedad. En primer lugar, las relaciones entre Croqueta y Bergamota son castas. Si se encierran en la biblioteca durante horas, no es para practicar el postureo sobre sillones de lectura o asientos de fina marquetería que mal resistirían cualquier gesto poco contenido. Pero además, nuestra querida amiga es como todos saben, algo fuerte, como se dice en Nava de Goliardos, y el querido Alcides bastante débil de constitución, combinación que hace por tanto difícil que entre los dos se dediquen a las composturas circenses. Pensar en Alcides intentando manipular la poderosa corpulencia de la Condesa o siendo arrollado por los gestos apasionados de tan noble señora, causa verdaderos escalofríos. Se trata de una mentira que cae por su propio peso.

Sí que es cierta en cambio la afición al jazz de ambos, y ciertas las largas noches de improvisación: él al piano y ella con el contrabajo. Tato les acompañó una noche con la trompeta con sordina y recuerdo todavía una versión de Straight No Chaser digna de Thelonious Monk, Mingus y Gillespie juntos. Para la ocasión Alcides se colocó un gorrito de lana sobre la cabeza, como su admirado Monk y la condesa estuvo colosal, pitillo en boca y con un vestido de satén oscuro que le daba un aire turbio y hasta seductor. Llevaba el compás con el elegante movimiento de su grueso tobillo sujeto por la correa de sus zapatos de noche, de medio tacón. Como a todo se le saca punta aclaremos una cosa. No, no, la condesa no tiene pierna poste y existe una grande y clara diferencia entre el diámetro de su tobillo y el de sus hermosas pantorrillas.

La colección de chinelas de toda época, como ejemplo de manía fetichista, es otra infamia. Según el rumor malintencionado, la impresión recibida al contemplar la Olimpia de Manet habría desencadenado la manía de coleccionar calzado femenino de interior, usado. ¡Pobre Bergamota metido todo el día en sus infolios, paseando al amanecer, paseando al atardecer, pateándose los campos helados de su provincia de sol a sol, escribiendo, leyendo al amor de la lumbre, amigo de sus amigos! Como todo el mundo sabe ese cuadro, la Olimpia, no se ha expuesto nunca en Nava de Goliardos y en las tallas, tablas y hermosas pinturas que en el pueblo pueden verse –en la Iglesia, el en ayuntamiento o en el palacio de los Vargas-, no se representa ninguna chinela, ni chapín, chancleta, zapatilla o infamia parecida. Y la colección de Doroteo –que no puede verse porque no la enseña al público- no cuenta entre sus obras con ninguna de Manet. Y es una pena oiga. ¿Y cómo habría podido Bergamota hacerse con tan sórdida y sibilina colección? Como es sabido, en la vida anterior al exilio provinciano hubiera sido imposible. Primero estuvo casado con Charito la Estrecha que como buena descendiente de los reyes godos calzaba un cuarenta y cinco de pie y era más proclive a la patada y al pisotón que a mover la chinela insinuante, en sugerente deshabillé. Y en cuanto al desliz que constituyó su infortunada relación con Toñi la Roja, del mágico pie y la sensualidad femenina no vio más que la versión revestida de calzado deportivo de última generación, inmenso, chillón, activo, brincante, vitamínico y brutal. Ninguna lánguida sensualidad que necesitara, desfalleciente, abandonarse sobre un mullido y tentador diván. Más bien al contrario, un despliegue de máquinas de ejercicio, hierros y poleas que más bien le inhibían, por recordarle con bastante precisión las cámaras de tortura de una novela gótica, los artilugios de una película de terror protagonizaba por una Toñi la Roja travestida de Vincent Price, cronometrando saltos, flexiones, pulsiones, carreras y pérdida de calorías, hacha en mano.

En resumen, son muchas las calumnias, las infamias vertidas por la envidia y el joputismo sobre el gran Bergamota, pero ninguna es cierta. No hay duda de que los defectos y debilidades, consustanciales a todo hombre, no faltan en el nuestro, de fuerte carácter, encendida sensibilidad y acentuada virilidad, pero ni son tantos ni tan graves como los que acabamos de refutar, recogidos al azar entre la colección de libelos escritos por los mismos de siempre contra Bergamota. Sobre todo en la época de lo que ya llamamos sus biógrafos La Gran Gira, aquella extraordinaria serie de conferencias impartidas por toda España, que podría haberse llamado también La Gran Temporada, si el título no fuera ya de un autor al que admiramos y no queremos fastidiar.

Para terminar, daremos a continuación una muestra de la correspondencia del doctor Johnson, por creer que logra resumir adecuadamente gran parte del ánimo, la mentalidad egregia y las convicciones del gran Bergamota. Siempre ha dicho Alcides Bergamota, sobre todo al contestar a las preguntas de la prensa, que si le fuera dado comer con alguno de los escritores a los que admira, uno de ellos sería sin duda Samuel Johnson. Pues esta es la carta:

A James Boswell

Londres,
20 de junio de 1771

Querido Señor,

Si ahora ha sido usted capaz de comprender que bien puedo yo dejar de escribirle sin que disminuya mi afecto, igualmente me ha dado usted una lección sobre lo difícil que es encajar esa posible desatención sin resentimiento. Durante mucho tiempo he deseado recibir carta suya, y cuando por fin llegó compensó con creces el largo retraso. Nunca me ha complacido tanto como ahora la relación que me hace de sus asuntos, y con toda sinceridad deseo que entre los asuntos público, el cultivo de sus estudios y los placeres domésticos, ni la melancolía ni el capricho hallen hueco para colarse de rondón. Al margen de lo que la Filosofía pueda determinar sobre la naturaleza material, es inequívocamente cierto que la naturaleza intelectual aborrece el vacío. No puede nuestro intelecto estar desocupado, pues el mal entrará en él si previamente no se ocupa con el bien. Mi querido señor, cuide sus estudios, atienda sus asuntos, haga feliz a su señora esposa y sea buen cristiano. Tras esto,

…tristitiam et metus
Trades protervis in mare Creticum
Portare ventis.

Si cumplimos nuestros deberes, estaremos sanos y salvos. “Si veper”, etc., tanto si subimos a las Tierra Altas como si nos zarandea el mar entre las Hébridas, y de veras espero que llegue la hora en que podamos poner a prueba nuestra capacidad tanto en los montes como en el mar. Apenas veo a Lord Elibank, y no sé por qué; tal vez sea culpa mía punto. Hoy marcho al contado de Stafford y luego al contado de Derby, a pasar seis semanas. Soy, querido señor, su más afectuoso y más humilde servidor,

Sam. Johnson

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