FELIZ NAVIDAD
Jesús en el pesebre: he aquí una buena lección para aprender que toda las grandezas de este mundo son ilusión y mentira.
San Francisco de Sales
FELIZ NAVIDAD
Jesús en el pesebre: he aquí una buena lección para aprender que toda las grandezas de este mundo son ilusión y mentira.
San Francisco de Sales
El polígono está bajo un casquete de nubes oscuras, sin sol, como con la luz apagada y la ventana abierta. Aire, frío, humedad. Al cruzar la calle una parcela vallada permite jugar con los efectos ópticos. Si se mira sólo por el espacio entre dos camiones aparcados, no se ve más que la parcela sin construir. En verano es un simple desmonte, de tierra batida compacta y dura como el granito, de las que cuando éramos pequeños destrozaba las rodillas al resbalar sobre la arenilla, jugando a la pelota o correteando al ir a sacar al perro. Pero ahora, en invierno y con la lluvia de estos días, es otra cosa. Está cubierta de vegetación, de matorrales bien crecidos que a punto de secarse hace unas semanas han reverdecido. En primer plano retoños de olmo siberiano ya muy crecidos. Han cubierto la acera de sus pequeñas hojas amarillas formando una auténtica y resbaladiza alfombra otoñal. El centro de la parcela, más elevado, seguramente por la tierra acumulada de alguna excavación, da un aire campestre al conjunto. Con el relieve cubierto de densos matorrales desaparece la sensación de superficie alisada con una máquina, acotada y vallada, de terreno artificial. Al fondo, una hilera de árboles con todos los colores del otoño pues varios conservan todavía sus hojas, ocres, verde, grises y, sobre ellos, las nubes en cerrado y malencarado batallón.
De un viaje en tren de alta velocidad, volviendo de Barcelona:
(…) mimado anglófono han pasado a la pizza. ¿Se dice pizza, picsa o piza? Dan ganas de alejarse todo, a veces, huir como en marcha y saludar tocándose el ala del sombrero subido a una encina, ante las miradas alucinadas del paisaje. [¿Se entiende eso? Estoy pasando viejos apuntes y la letra no es muy buena.] El encinar verde, los rastrojos amarillos, con el cereal cosechado y las pacas esperando la recogida. Veo a lo lejos, marcada por los cipreses que la rodean aquella casa y surge espontánea la evocación de aquello ya tan lejano.
Sobre un teso una iglesia, zumba el tren y se perciben las casas arracimadas alrededor, del color de la tierra. Pantallas digitales, rojo sobre espejo en el tren que se acerca a los trescientos kilómetros por hora. Alrededor y sobre mi teléfono móvil, redes de telecomunicaciones, un sinfín de transmisiones. También un niño que da el coñazo, el pobre, de padres descalzos. Y fuera, inmóvil, el tiempo. Y la historia. Como congelados y retenidos en la dehesa que atravesamos al superar el último apeadero antes de Madrid, en el que no paramos. Fugazmente los paisajes de esa otra dimensión: carretera de los pantanos, la fantasmal y pasmosa Valdeluz, como queriendo saltar hacia el tren, hacia el mundo digital, moderno, cotizado, pero retenida por la tierra, aplastada por la luz de un cielo inmenso, luz infinita, nubes bajas, blanco, cobre, azul. (…) Los papás del niño horroroso, especie de indios criadores de (…).
***
La voz que ameniza estos parajes de por aquí dice esta mañana: No te preocupes Gemita, es que son hombres, ellos son así. Se oyen cosas extraordinarias. Gemita, hombrecito, Santi que me dices, etc. Cosas extraordinarias.
¡Como llovía ayer, a cántaros! El agua caía constante, grave, gruesas gotas rebotando sobre el suelo. Resguardado en un soportal la miraba caer y caer, y por detrás de la gruesa cortina de agua, los álamos con las hojas de un verde encendido, y el horizonte despejándose a lo lejos. Por un momento, a no ser por los matices de la luz y que todavía era de día, parecía que habíamos vuelto al invierno. ¡El invierno! Con su silencio, su penumbra y la sensación de que no hay que hacer nada todavía, de que se descansa de todo, y de que por delante quedan horas y horas de chimenea y lectura. Pero la lluvia levantaba el olor de la primavera, un frescor que sólo es de este tiempo, un vigor que sólo esperaba la humedad para dispararse.
Hay en el polígono un olor a gas, a berza, a alga podrida, un aire a puerto, una humedad como marítima, con el día nublado, el sol escondido. Pero es el polígono de siempre, sobre el páramo madrileño, con algunos rastrojos y desmontes alrededor, todavía, pero que tiene ya poco que ver con las parameras que describen Baroja o Galdós en sus libros madrileños.
Cercanos al mar, el papel se altera, se humedece, se comba, los libros se curvan, parecen abrirse solos. Un año en el sur es un libro de Antonio Colinas, que publico la editorial Trieste en el año 1985. Lleva por subtítulo “Para una educación estética”. Y no defrauda la gran belleza de su prosa, muy cercana al poema en prosa. Nuevamente una exploración a ese género tan atractivo que son los libros de iniciación a la vida, los primeros pasos de un adolescente en un momento que se abre y que va descubriendo: amor, paisaje, literatura, arte, sentimientos, racionalidad, sentido de las cosas, relación con los demás, vida religiosa, escritura. El protagonista, como tantos otros, encuentra en la curiosidad y el asombro canalizados y a su vez cultivados a través de los libros y la observación del mundo, una manera de dar sentido a la vida, de intentar ordenarla en alguna medida, de encauzarla y poder afrontarla.
“
(…) En lo secreto crecían los mejores frutos. En la soledad, lejos de las miradas falsamente atentas, el hombre podía desarrollar una vida digna, ejemplar. ¿Cómo serían los versos de aquél oscuro poeta de provincias? ¡Cuántos matices interesantes para la ávida adolescencia de Jano, para su vocación llena aún de dudas, se podían extraer de aquella vida ignorada!” Pág. 132.El libro de Colinas a pesar de su belleza formal resulta algo frío y lo recorre desde el principio un halo de tristeza. Que bien le va el color de la portada de un tono verde apagado, como herrumbroso. Si fue a propósito, desde luego es todo un acierto. Viene la tristeza no sólo por el argumento, sino porque desde el principio, el adolescente protagonista es un dolor vivo, un chico que sufre casi permanentemente. Tal vez la adolescencia tenga esa parte dolorosa, seguramente si hacemos memoria la recordaremos, pero no únicamente, había muchas otras cosas que le daban alegría, risas, ilusión, pese a las enormes dificultades de esa travesía. El impacto del Sur, como idea de tierra cálida, luminosa, antigua, de vegetación espléndida y lujuriosa, no parece que se produzca, el adolescente no parece beneficiarse de ese mundo, pase a la fascinación que le produce la vieja ciudad romana y califal, pues cerca de Córdoba está el internado. Es más, se inclinará por la contemplación fascinada y morbosa de un cuadro terrible de Romero de Torres, anunciador de la tragedia. Tal vez resulte eso un tanto artificioso. Sin lugar a duda, faltan la religión, el catolicismo, la caridad, apenas tratados y descartados luego de manera excesivamente brusca, sin que las lecturas de poetas franceses románticos y simbolistas en las que se zambulle el protagonista sean contrapeso suficiente, como es obvio. Ahí se echa de menos que el autor pula el retrato de un adolescente, pero de un adolescente local, de aquí, encarnado verdaderamente. Etc. ¿¡Pero bueno!?
***
“Él está como vosotros: sin hacer todavía grandes progresos en su vida. Quemad los libros y labrad la tierra. Que la tierra os sea familiar. Ella entonces os reconocerá el día que os reciba. Cuidad la tierra y ella será para vosotros un alivio. ¿Os imagináis tendidos bajo la tierra negra, sintiendo la caricia de las raíces de los laureles? Quemad, quemad los libros…Y añadía una gran carcajada o un gesto de máxima educación a sus palabras.” Pág. 154.
Leo una cosa que desde hace años parece evidente, pero bien expresada. A propósito de la censura, hace años de un álbum de Tintín en una biblioteca de los Estados Unidos que lo retira de la sala general y confina a un cuarto reservado para empleados de la biblioteca y lectores que expresamente lo soliciten. La frase es esta: “De modo general, tal vez la cuestión sea que vivimos en una cultura que ha perdido su religión, sí, pero conserva una moralidad hecha de prohibiciones que son como fósiles de las verdades de un antiguo credo.” La frase es de Luis Daniel, autor del estupendo blog Bienvenidos a la fiesta: https://bienvenidosalafiesta.com/.
Oiga, veo que tienen caviar beluga, muy bien, lo voy a tomar de primero. Aparece un camarero enorme, con manazas de arriero, con gruesos dedos peludos y, con violencia, le suelta un enorme melón apepinado sobre el plato, que se resquebraja. Con el melón, deja sobre la mesa una navaja de mango de cuerno. ¿Pero oiga esto que es? Pues esto es lo que ha pedido usted, caviar beluga, que para nosotros es esto que le hemos servido y no proteste o sírvase usted (¡baja tú!). Pues eso, nos sentamos para ver torear y nos sirven algo que cada vez se le parece menos.
- El voto útil.
- Cada pueblo tiene el gobierno que se merece.
- Lo importante es quitar a ... quien sea.
- Lo importante es la economía.
- España es un país de izquierdas.
La sociedad española se encuentra en tal estado que con esos cuatro mantras se la pastorea tranquilamente desde hace cuarenta años, no hace falta más.
Termino hoy Intelligence avec l’ennemi. Le procès Brasillach, de Alice Kaplan.
El libro es muy bueno, aunque sólo sea por su perfecto orden y estructura, la lógica que aplica, lo bien que está escrito. Lo que cuenta es interesante, porque enlaza con muchas cosas que interesan tanto por razones generales, la historia europea y francesa, como familiares, seguir entendiendo lo que fue la derecha francesa, lo que significó la Acción Francesa de Maurras, etc.
Desde luego el pobre Brasillach, con su fascismo enrabietado y su colaboración activa con el ocupante nazi, se sale completamente del marco.
Uno se queda con la sensación de que fue un pobre hombre, una inteligencia funcionando sola, magníficamente entrenada por sus condiciones intelectuales como alumno de la Escuela Normal Superior, pero sin asidero alguno con la realidad, probablemente debido a las limitaciones y frustraciones de su condición personal, en particular de su más que probable homosexualidad reprimida. Y parece que esa inteligencia trabajando al cien por cien a su aire, esa facilidad de palabra, de escritura, acaban conduciéndole al esperpento, al disparate, si no es a la más completa frivolidad, escribiendo cosas que resultan penosas y terribles. De alguna manera acaba por aterrizar y recuperar una cierta dignidad durante su juicio y al ser condenado. Resulta un poco desolador.
Al final, parecen tener razón tanto Jean Paulhan como Cocteau cuando dicen lo siguiente (página 357):
« Le fait qu’un esprit aussi frivole que Brasillach ait pu se conduire de façon à être un jour justement digne de la mort, cela en dit long sur une incohérence profonde de nos mœurs. » (Paulhan).
Comme le disait Cocteau, Brasilach était « absurde et néfaste ».
Esto no quita para que la historia de esa época tremenda sea mucho más compleja de lo que se nos dice hoy, muy lejos de los maniqueísmos de buenos y malos. El libro trata con ecuanimidad muchos de esos aspectos. Por ejemplo, recuerda en la página 253 como en un momento determinado, en noviembre de 1944, de Gaulle declara Vichy ilegal : “(…) et cette illégalité était au coeur des procés de l’épuration. La célèbre ordonnance du Général disait que la “forme du gouvernement de la France est et demeure la république […], en droit, celle-ci n’a jamais cessé d’exister ». De Gaulle ne demandait rien de moins à la France que de réécrire son histoire : la France libre, la France résistante de De Gaulle, serait dorénavant considérée comme ayant été le vrai gouvernement de la nation. Vichy devait être considéré en revanche comme une parenthèse dans l’histoire de France, une imposture juridique. »
Sobre ese borrón y cuenta nueva completamente artificial se fundó la postguerra francesa. Los que habían sido fieles al ordenamiento legal, a las ordenanzas militares, al gobierno legalmente constituido, y fueron muchos y sin colaboración alguna con el enemigo, se quedaron colgando de la brocha cuando el general le dio una patada a la escalera que eran legalidad e historia recientes. Tal vez fuera la genialidad que permitió a Francia colocarse entre los vencedores.
Para El Heraldo de Nava, Genaro García Mingo.
A la vuelta de Salamanca, desde las alturas de la carretera de La Coruña, se ve Madrid. Se ve el largo perfil de la ciudad. Por obra de las transparencias creadas por la lluvia secada luego por el sol, parece flotar sobre una gran masa azul, un lago, una nube, una gran ola.
Más de carreteras, que parecen el hábitat natural de contacto con el exterior para el moderno urbanita: El anochecer sobre la carretera lo vuelve todo azul. Azul el asfalto, las líneas pintadas, las vallas, el horizonte.
Día de todos los Santos. Pasada la tormenta que ha destrozado todo el levante español, aquí sale un sol espléndido, que nos regala una luz delicada e intensa, como limpiada por el agua. Decía Chesterton que le gustaban los días de lluvia porque todo se reflejaba en el agua y parecía que el mundo se llenaba de espejos. Algo así, mejor expresado sin duda por el inglés.
Dos hombres asomados a la reja de un camposanto pueblerino miran hacia su interior. Parada en Cuéllar.Recordar como gran fuente de información el discurso de recepción en la RAE de Manuel Halcón.
Dese hace años evito los desayunos en grandes hoteles, como los Paradores, porque las escenas que allí veo me producen un poco de desagrado, pero sobre todo mucha vergüenza ajena. Y la mirada que pongo sobre todo ello falta sin duda a la más elemental caridad con el prójimo.
Zampo y también me cansa infinitamente la sociedad del zampe.
Tabaco oscuro, casi negro, tabaco recio, para fumar a la intemperie, puro para una tarde de toros, de caballos sin peto, de cielo nublado, para escupir por el colmillo con los primeros goterones de lluvia. Para llevar el nombre de quien fue teniente general de la Armada tiene paradójicamente un aire bucanero, le faltan elegancia, distinción, marcialidad, le sobran negrura y oscuridad. Sólo su blanca ceniza lo rescata.
Después de semanas bajo la lluvia, ayer tuvimos tregua y las temperaturas de este asombroso mes de marzo subieron algo. Esta mañana de nuevo el cielo encapotado y a medida que transcurre la mañana el día se va oscureciendo.
Celebramos ayer el cumpleaños de G. cenando juntos en la Ancha.
Bendita rutina sin duda, pero ¿Cómo resistirla? Cuanta más perspectiva se tiene de la sociedad española, peor es la impresión. Supongo que sucederá lo mismo con la sociedad de otros países. Quiero decir que, con mayor perspectiva, lo único que se consigue es un mayor catálogo de miserias humanas. Sin duda hay gente estupenda aquí y allá, pero tener mayor conocimiento de la sociedad en la que vivimos, lejos de reconciliarnos con ella, aumenta nuestro espanto. En un círculo pequeño, formado por familia, algún amigo, ciertos conocidos, trabajo, la miseria parece acotada, reducida, explicable por el conocimiento que tenemos de las personas, de su carácter y circunstancias. Pensamos por tanto que es excepcional. Que se debe a esta o a aquella causa evidente. Que sin esa circunstancia concreta que la crea, desaparecería. Al ampliar el campo de conocimiento, si por cualquier razón la vida nos lo permite o nos lleva a ello, por participar en instituciones, tener mayor vida social, etc. la sorpresa es que lo que nos parecía excepcional es en realidad general y que el estado natural y primero del hombre se compone de desequilibrio y chifladura. Nos impacta especialmente cuando el acceso a ese campo de visión más amplio llega tarde, con muchos años vividos en un mundo más pequeño. Que el hombre está profundamente tocado por el pecado original es algo tan evidente, tan obvio, que no puede haber duda de que es un perfecto loco, un demente, quien pretenda lo contrario, al estilo de Juan Jacobo y de todos los revolucionarios que le han seguido, en la esfera pública o particular. Porque la revolución ha sucedido también en la esfera particular, en la que la creencia en la perfección y bondad intrínsecas del hombre han conducido a dejar de educar.
Sólo la mejor educación, bondadosa, estricta y refinada, tan cara, es capaz de canalizar la condición alterada y desequilibrada del hombre. Esa educación incluye por supuesto la educación religiosa católica, el cultivo de la fe. Si no se accede a todo lo demás, que se acceda por lo menos a los diez mandamientos. Y aún así, las probabilidades de cierto éxito son ínfimas.
¿Pero por qué le echaron? Fue cuando los síntomas de que se le estaba yendo la olla se agudizaron. Sobre todo, con los indios. ¿Cómo con los indios, con qué indios? Me refiero a los consultores, a los indios de la India, a los hindúes si es correcto llamarles así. ¡Ah! Ya entiendo. Aparecieron hace un año más o menos, para aquel proyecto. Si, esos. Y a él se le hacía cada vez más difícil soportarlos. No lo entiendo, si no hacíamos apenas vida con ellos, salvo por las llamadas de teléfono. Eso es lo que empezó a trastornarle, es lo que no soportaba: La voz, el acento, la entonación, el ritmo de las frases al hablar inglés. Empezó a obsesionarle.
De manera ostensible y fría, diría que casi flemática, empezó a darles a todos el mismo nombre, utilizándolo cuantas veces le resultaba posible. ¿Pero cómo? Annapurna. Empezó a llamarles a todos, Annapurna, imitando su acento. Mr. Annapurna, por aquí, good morning Annapurna por allá, Annapurna, Annapurna, Annapurna por todos lados.
Dos chinas taponas y poligoneras, vestidas las dos con un chándal negro con ribetes verdes, muy feo. Al cruzarme veo su ancha nariz, sus blancos dientes, los ojos achinados y el pelo lacio color ala de cuervo, que se agita largo y denso, como una cortinilla movida por el aire. Oigo un retal de conversación y que dicen con acento oriental, de las antípodas, quejándose del funcionamiento del semáforo: - ¡es de coña! Que bien adaptadas.
En la barra del bar dónde tomo un pincho a la hora de comer, nuevos retales de conversación que es imposible no oír, por lo cerca que están y lo alto que hablan. Parece que están los dos divorciados y tienen, los dos, hijas en edad adolescente o a punto. Da un poco de tristeza oírlos hablar de como se las arreglan para ver a las niñas, hacer de padres, lidiar con su crecimiento, trabajar a la vez, etc.
Y cuando el español contemporáneo da el paso, se quita la venda, a menudo lo hace con la misma simpleza, la misma tosquedad, manchándolo todo. Oía hace poco a uno de estos decir que no se podía atribuir a Nelson el triunfo en el combate de Trafalgar puesto que había muerto al principio de la batalla naval. Me quedo asombrado. ¿No pudo Nelson decidir que se daría el combate, diseñar la estrategia, ordenar las formaciones? ¿No fue él quien pronunció la famosa arenga? Y para poner las cosas en su sitio, en su realidad, ¿vamos a acudir a expediente tan miserable? En fin.
Espléndidas manos, excelente barba, espléndido anciano. Charles Le Goffic (1863-1932), un año antes de su muerte.
Vuelvo de tomar café y noto la presencia de alguien que anda por delante de mí. Es decir, ando con la vista levantada, como debe ser, como un cazador, aunque con las gafas de ver de cerca. La silueta, la forma de moverse y el porte característico, algo recogido como preparado para el salto o la carrera repentinos, como si de un animal característico del bosque se tratara, me resultan familiares y le reconozco. Pero es como si reconociera a su equivalente en la fauna silvestre de un cuento, como si su silueta y sus aires fueran en realidad prestados de un relato antiguo. No es alto, pero si corpulento, macizo. El cuerpo parece oscilar al andar. El cuello es grueso y parece siempre girado hacia un lado y echado hacia delante, como si venteara un rastro. Una bonita cabeza cuadrada y maciza exhibe el remate de un buen mechón de pelo hirsuto, erguido y vibrante como si de un penacho se tratara. Falta verle lanzarse al trote, profiriendo un gruñido.
Todos los días al salir de comer en el polígono hay un hombre sentado en el quicio entre dos ventanales. Va con ropa de trabajo y con una gorrilla que le esconde un poco el rostro. Además, como está siempre liando un pitillo, no se lo he visto nunca por ahora.
Comemos, la casa es bonita, ellos son excelentes, en el sentido primero, es decir, que sobresale por sus óptimas cualidades. La conversación es un tanto deslavazada, inconexa, algunas voces son un poco altas para mi gusto del día, vuelven a oírse cosas que ya sabemos, nos repetimos un poco. Pero aparecen cosas nuevas y, sobre todo, estamos bien en aquel salón bien amueblado que es como estar en casa. Con perdón, oiga.