Por lo menos una cosa buena es sentarse a escribir un momento. ¿Contar las celebraciones de estos días? Realmente, de la vida cotidiana, para escribir un momento, lo más divertido es lo más inmediato. Lo que apetece poner en el papel es el gesto, el rasgo, el momento. Un fogonazo, una visión, una pequeña observación. Los gestos de la cajera o las madres en las tiendas. En estos días de ajetreo, en la librería apareció una señora muy mayor, que quiso atenderme. Yo sólo iba a pagar una deuda. Ya. Pues entonces con ella, yo soy su madre, sabe. En el herbolario, una escena parecida. Cuando estoy pagando y ya charlando con la señora que me atiende, noto como alguien se acerca mucho a mí, demasiado, para lo que son las distancias en una tienda. Enseguida me rebasa, es una señora. Cruza el umbral del mostrador y al hacerlo me dice, mirando a mi interlocutora, es que soy su madre. Con eso quedaba explicando el movimiento y la libertad de cruzar del otro lado.
En la librería dejé a deber 50 céntimos al pagar un libro en efectivo y la librera, amablemente, me dijo que no pasaba nada, que otro día. Así que me acerqué el día 30 o tal vez fuera el 31 por la mañana – estos días he dado larguísimos paseos- para devolverlos. Me puse a la cola con la moneda en la mano. Algo inconsciente me había llevado por los alrededores de la librería, hasta que al meter la mano en el bolsillo y notar la moneda, recordé la pequeña deuda. En la cola fue cuando quiso atenderme la madre. La dueña ya me había visto por el rabillo del ojo, mientras apuntaba, con muchísimas dificultades, el número de teléfono de un cliente que se lo tuvo que repetir tres veces. Sin duda se debió aquello a que me había visto, y estaba mentalmente preparando la escena para cuando yo pagara, sin prestar la atención necesaria a lo que escribía. Se marchó el cliente y quedé yo en primera línea junto al mostrador. Alargué la moneda y con una sonrisa dije: Vengo a pagar mi deuda. Entonces, arrebolándose y con la mejor voz y un ademán como de salón antiguo me dijo que por favor, que no hacía ninguna falta, que no debía haberme molestado, ¡por favor! Al insistir yo – de ninguna manera, le dije, no estaba yo tranquilo, no se me podía olvidar- tendió la mano y deposité en ella la moneda. Todo en las alturas, lejos del mostrador. No llevaba ese día sombrero. De haberlo llevado hubiera podido quitármelo y embarcarme en mayores jeribeques, reverencias con paso atrás y otras ceremonias. Fue una escena verdaderamente versallesca.


