lunes, 26 de abril de 2021

Comer sólo. Un apunte de los cuadernos de A. Bergamota (época de hierro).

Antes no pensaba que un día llegaría a comer sólo. Uno se veía más bien formando parte de una eterna tertulia, ejerciendo una mezcla de estoico silencio y verborrea hispánica. Pero el rodillo se impone y las cosas salen más como quieren que como pensábamos. Allí estamos, en la mesita dónde nos deposita un camarero que ya no se extraña de estas cosas. Sacamos el libro que nos hace compañía y lo cierto es que, puesto que vivimos en un ajetreo constante, este rato de soledad acaba por no parecernos mal. Y luego está el truco de las gafas. El sencillo gesto de quitárselas, dejando libre la nariz de su peso, es suficiente para que la miopía se adueñe de la situación rodeándonos con una vaga nebulosa, una proximidad borrosa, difusa, que nos aísla felizmente de un espectáculo que a menudo no es edificante. Lo del espectáculo depende un poco de dónde se coma y de la suerte que se tenga. La nube miope es menos importante en el polígono que, por ejemplo, en la cafetería de un centro comercial situado en una zona residencial de alto nivel de vida, dónde resulta no sólo necesaria sino imprescindible.

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