domingo, 18 de junio de 2017
viernes, 16 de junio de 2017
EL SPLEEN DEL PRIMO TOTÓ
El primo Totó viene a Madrid a pasar unos días de vacaciones. El primo Totó es el hijo mayor de la tía Virgina Livia, a la que todo el mundo en Roma conoce como Donna Livia. El parentesco con los Ortini di Peruginni nos viene por el tío Ernesto, hermano pequeño de papá que conoció a la tía Virgina durante un viaje a San Remo que acabó en boda y le permitieron cuarenta años de pegarse la vida padre en el Palazzo Ortini a medio kilómetro del Vaticano. El tío Ernesto era (según el gossip familiar) el más indolente de los hermanos de mi padre, lo cual, créanme ustedes, es mucho decir. Según me informa la prima Casilda que sabe mucho de los asuntos de la familia y que al ser de Bilbao si no tiene razón al menos impone su opinión, el tío Ernesto se pasó cuarenta años vistiendo impecable, asistiendo a la ópera impecable, comiendo impecable, montando a caballo impecable y aguantando a Donna Livia con actitud impecable y paciencia infinita. Totó tiene tres hermanos, dos varones Gigí (Gabriel Ernesto Ludovico) y Ursino (Joaquín María del Rosario) y una hermana Lilí (Livia Marcela de las Angustias) que es bellísima, miópe y cataléptica.
Según me cuenta la prima Casilda, entre sorbo y sorbo de Murrieta, el tío Ernesto falleció al día siguiente de enterarse de la subida de impuestos que planeaba el nuevo gobierno socialdemócrata de la república italiana. Es verdad que he oído al primo Patricio (mejicano, bebedor y canchero, del que les hablaré otro día) que eso es pura invención y que el tío Ernesto falleció tras una semana de excesos con motivo de la visita a Roma de su amigo y condiscípulo Fernandito Guisasola. Cualquiera sabe. El caso es que la tía Livia se quedó viuda y al cargo de cuatro hijos aún mas indolentes que su marido. Gracias a que el Altísimo protege a muchos incapaces, la tía Livia recibe unas rentas anuales fabulosas. Al parecer uno de los Ortini se casó unos siglos atrás con la hija de un banquero florentino de oscuras raices meridionales que aportó un río de oro por el que han navegado muchas generaciones de Ortini dedicadas al dificil arte del dolce far niente.
El primo Totó aterriza en Barajas con más equipaje que la Maharajaní de Ruhalia que a tenor de las crónicas precisaba de cinco elefantes para portear sus baúles. Al llegar al aparcamiento y echar un ojo a mi maltrecho Saab frunce el ceño con esnobismo. Hace calor. El primo Totó viste de lino desde los Rossetti hasta el panamá y pese a ello se queja del calor. Se queja del automóvil. Se queja del aparcamiento y se queja de mi por dejar caer su valigetta d'Etro dónde me dice que lleva un laptop. Al tiempo que maldigo al primo Totó, a su equipaje, al calor de Madrid y a mi señora madre por mezclarme en este asunto, pienso que para qué diantres quiere un ordenador un tipo que lleva cuarenta años sin hacer nada más que cambiarse de ropa y flirtear con Julias, Valerias, Andreas, Livias y Carlotas.
Al llegar a casa y dejar el equipaje en manos de Antonio la cosa mejora un poco. Nuestro modesta residencia le resulta burguesa pero suficiente como pied-a-tèrre para curarse el ataque de spleen que lo tenía encerrado en casa sin salir.
Salimos a dar un paseo Serrano abajo. Nos cruzamos con la horda turística, espectáculo atroz de carnes, tatuajes, sudores, chancletas y chorts apretados mostrando nalgas monstruosas y pechugas de bisturí. El primo Totó camina por entre la plebe a paso lento y a medida que avanza, la masa se aparta ante el espectáculo de un europeo de otra época con zapatos lustrosos, traje de lino, corbata de lazo con topos de color heliótropo y sombrero de panamá con cinta tricolor. Unas japonesas le hacen una foto, una americana gorda se arrima con ánimo de hacerse un selfie. El primo Totó sin inmutarse fuma su Rothmans y me comenta: la plebe è lo stesso in tutto il mondo.
Como han cerrado Embassy y José Luis no es ni la sombra de lo que fue, he arreglado las cosas para ir a casa de Paco Vasconcelos, un amigo portugués que tiene un ático mirando al Retiro y nos invita a tomar el aperitivo. Paco Mendes de Figa y Alentejo, duque de Vasconcelos, aparte de ser el mayor coleccionista europeo de pitos irlandeses, asunto que merece ser tratado en otro momento y lugar, es un tipo de hombre al que se puede encomendar cualquier misión que requiera temple, paciencia y saber estar. La misión de aguantar al primo Totó requiere todas estas virtudes y habilidades y algunas más, pero mi recurso al amigo Paco no se ha debido tanto a sus virtudes cuanto al hecho de que su hermana Fernanda está en Madrid de paso, y Fernanda, queridos amigos, ha sido clasificada por todas las autoridades en la materia dentro de la categoría venusina superior; es decir una verdadera y auténtica sultana, una belleza ibérica morena, de piel dorada, piernas dóricas, estructura escultural, cabello negro córvido y mirada azul brumosa del color del oleaje otoñal que rompe contra los acantilados de Cascais. Que el encuentro "casual" con la bella Fernanda sea o no el remedio para el spleen del primo Totó es algo que sólo podremos empezar a vislumbrar en los capítulos que seguirán.
Aquí les dejo que me espera una copa de fresca manzanilla.
Continuará...
lunes, 12 de junio de 2017
Sobre el calor, con el pretexto de Miura, se dicen varias inconveniencias.
Con la
corrida de Miura de ayer acabó para nosotros la feria de San Isidro. Justo a
tiempo. Con Madrid asfixiado por un calor indescriptible, denso y aplastante.
Más que nunca municipal y espeso hasta el extremo. La plaza hirviendo, los
alrededores nefando, con la gente transformada en masa acalorada, en
gentuza despechugada y corretona; el musleo derretido, desbordado e
incontenible, el ruido ensordecedor, una olla a presión a punto de estallar.
Pero todo llega a su fin, afortunadamente. Ha llegado el momento, justo el
momento, de abandonar la gran ciudad recalentada, para irse cada uno, según le
corresponda, a la quinta de recreo, a la villa cercana a la costa -desde la que
tal vez se vislumbre el mar-, al hotelito provinciano de umbrío y silencioso jardín.
Volveremos en septiembre, a mediados, no es cuestión de tener prisa. En todas
esas casas nos esperan la biblioteca con sus sillones de lectura, el salón de
fumar, el jardín cuajado de rosales que se abren al caer la fresca, los
veladores blancos, los paseos al amparo de blancas sombrillas y amplios
sombreros de dorada paja, las tertulias de sosegada conversación y lánguido
fumar, las horas de atenta y deleitosa lectura, las campanas de la Iglesia que
se harán cargo del ritmo de las cosas. De buena, de excelente factura, dentro
de la casa casi hace frío mientras los madrileños se achicharran como torreznos
en la sartén. Así que los señores visten chaqueta y pantalón largo. Y un zapato
cerrado, que puede ser una alpargata. El monte, la sierra, el campo, el mar…
¡¡Ahhh!! ¿Que
usted se queda en Madrid? ¿Qué sólo sale quince días, a la carrera, pernocta en
catorce lugares distintos, le cuesta una fortuna y vuelve peor de lo que se fue
después de cien discusiones con centenares de hirsutos parientes? ¡Pero bueno!
¿Y usted quien es, quien le ha dejado pasar? A ver, Julián traiga dos mozos y
echen a este señor a la calle, sin contemplaciones, con rudeza, que ruede, que
muerda el polvo. Y si dice algo, le dan además unos bastonazos, tres o cuatro,
no es cuestión de ensañarse. Con el que usted quiera, con el vergajo si
prefiere. Pero acuérdese de moderar el golpe si usa el de cerezo ¡con lo que pesa!
¿Pero cómo se nos habrá colado en el jardín semejante pelagatos?
Hoy
cenamos en casa de Doroteo, en el jardín de la parte de atrás, bajo la pérgola
cubierta de jazmín de olor. Tato ha prometido una tabaco magnifico para la
sobremesa. La condesa recibe también esta semana, en el frescor de su casona
blasonada, cenaremos seguramente en el comedor de las panoplias. Sin que fuera
necesario ponerse de acuerdo, Calvino de Liposthey dará señales de vida más
adelante, para dejar días de soledad y retiro, de largos paseos, de largas
lecturas. Entonces iremos a conocer la casa molinera que se ha arreglado,
también en Nava. El gran corral ha sido ajardinado siguiendo un dibujo
preparado con ayuda del Gran Polígrafo, inspirado al parecer en los jardines de
la casa de Vicencio de Lastanosa, el amigo de Gracián. La cena de la fundación
Tato será a partir de la Virgen de Agosto, cuando haya refrescado del todo si
el tiempo no ha enloquecido completamente para entonces, como estos pobres
madrileños que no teniendo a dónde ir tratarán de viajar sin un duro y medio en
cueros, como un rebaño, sin hacer por tanto caso de las recomendaciones de
Edgar Neville.
Así son las cosas oiga
usted. Mire el otro días visitábamos un palacio madrileño. Y el guía, una
señora trabajadora, soltaba su historieta. Al señalar una como terraza que da
sobre el jardín explicaba que en ese lugar se estaban los marqueses en verano
porque era más fresco. Le faltó decir que se iban allí los dos para estar más frejjquitos y describir a la
marquesa en chancletas enseñando los dedillos, y al marqués en chores negros,
con la canilla al aire y una riñonera llena de barritas energéticas y
clinessss. Aguantándose las ganas de armarla Doroteo, que estaba entre los
visitantes, explicó que era muy dudoso que los marqueses disfrutaran de la
terraza en verano, simplemente porque los marqueses, en verano, no estaban en
Madrid. Y no quiso decir más, ni a dónde iban ni por cuanto tiempo. Pues eso.
sábado, 10 de junio de 2017
El toro automático: San Isidro la víspera de Miura.
Esta
actividad un poco extraña que es ir a ver toros, sólo o en compañía de Pototo,
Boliche, Tato, el gran Bergamota, Calvino de Liposthey, toda esta gente que convierte la plaza en un hervidero social. Lo
que también forma parte del asunto. El Amigo Pulardo, un poco hastiado, se
negaba el otro día a saludar.
Hemos
visto el toro automático, Jandilla. Es algo verdaderamente asombroso, el animal
completamente mecanizado, frío, neutro, automático. Le buscábamos con los
prismáticos, ¡con los gemelos hombre!, eso con los gemelos, el resorte con el
que le habían dado cuerda sin duda. Imaginábamos al mayoral en los corrales con
la gran llave de manivela. ¿Cuánta cuerda don Borja? Y esto lo decimos sin
chufla. Hay que ser un ganadero realmente extraordinario para conseguir ese
producto tan acabado, tan pulido, tan mecanizado siendo todavía un animal. Otra
cosa es que nos guste ese toro o no. Y no nos gusta. No es el Toro. Es otra
cosa, una automatización de lo zoológico que sirve para una forma de entender
el toreo que a nosotros nos parece que rompe con lo que torear debería ser, con
lo que ha sido torear durante siglos. Y que francamente, tiende a aburrir. El
toro automático no plantea problemas, no los que plantea el toro bravo con algo
de casta, cuyo comportamiento variará dependiendo de cómo se le hagan las
cosas, o los que plantea el toro manso, no digamos el manso encastado, o el
bravo encastado, codicioso, de poder. El toro automático pasará mil veces, las
mil de la misma forma, sin enterarse, en la misma posición, al mismo ritmo. Nosotros
que no vamos apenas a esas tardes de toros automáticos (de esos que permiten el
lucimiento cuando no se desploman, el famoso toro artista –las memeces que hay
que oír-) nos quedamos verdaderamente asombrados. Y el aburrimiento viene de
eso, de lo previsible que no presenta desafío técnico alguno, que alarga las
faenas, que resulta, al final, frío y carente de verdadera emoción. Y al asunto ese se le echa encima la palabra arte, para taparlo, y todos encantados, grita el Amigo Pulardo congestionado.
Frente al
toro automático, la llamada semana torista. La denominación es ya indicativa de
la crisis que se vive. ¿Es que un espectáculo que se llama “los toros” puede no
ser torista, puede no tener como centro, como eje, el toro? Pues eso es lo que
ocurre. Que el toro es el eje de la fiesta sólo durante los días finales de San
Isidro y durante esos días, con la honrosa excepción de Talavante, a quien hay
que agradecer el gesto –ya decía el Amigo Pulardo que los toros son gesto, como
la vida misma-, las figuras se esfuman. Y se enfrentan al toro toro, otros
toreros. A ellos les agradecemos también el gesto, como no, pero nos dejan con
las ganas de saber qué pasaría si a esos Cuadri, Dolores Aguirre, Rehuelga
(Santa Coloma Buendía) los torearan los que se supone que son los mejores
toreros. ¿Veríamos al rey desnudo? ¿Se confirmaría la crisis de verdaderas de
figuras del toreo? ¿O por el contrario se revitalizaría el espectáculo?
El éxito
de la corrida de Victorino Martín del martes pasado nos da una idea del
resultado. Lleno de no hay billetes, 23.564 entradas vendidas. Vimos a Talavante torear esos toros y sobre todo vimos a Paco Ureña
fajarse con Pastelero, en unos lances de una profundidad, intensidad y belleza
que pusieron a la plaza de pie: la acometividad del toro era impresionante y la
forma en que Ureña colocado en el sitio lograba canalizarla en muletazos profundos
y largos más aún. Y eso a un toro atento, mirón, serio hasta decir basta,
presto a aprovechar cualquier fallo del torero que le diera una pista de por
dónde iban las cosas. La vuelta al ruedo que dió el torero, sin mayores trofeos para fallar con la espada, vale más que la mayoría de orejas de la feria. Al día siguiente, con los impresionantes Santa Colomas de
Rehuelga volvieron bravura y acometividad, con seriedad, sin automatismos. En
las dos tardes vimos toros acudir raudos al caballo tres veces ¡tres! cada vez
desde una distancia mayor, empleándose a fondo con un poder y una bravura que
brillaban por su ausencia hasta entonces. Se planteó la cuestión de si los
Santa Colomas estaban fuera de tipo o pasados de kilos. Pero lo cierto es que
poderío tenían, lo que dio pie a que un aficionado dijera que la casta mueve
los kilos que sean.
Sin duda el toro de la feria debería salir de una de esas
dos tardes. ¿Pastelero o Liebre? Y lo mismo decimos de la mejor faena, la de
Ureña a Pastelero, y de la mejor corrida, la de Rehuelga, aunque el no haberse
lidiado completa (le rechazaron un toro, cosa harta extraña a la vista de los
otros cinco) lo impedirá. Como decía un cartel el otro día, en pleno tendido:
no hay mejor marketing que la casta.
Genaro García Mingo Emperador,
para el Heraldo de Nava.
PASTELERO
(fotografía de la web de Las Ventas)
PASTELERO Y UREÑA
(fotografía de la web de Las Ventas)
El impresionante Liebre, de Rehuelga.
(fotografía de Andrew Moore, publicada en Pureza y emoción)
sábado, 27 de mayo de 2017
A los toros.
Claro que
seguimos acudiendo a La Plaza. La Plaza con mayúsculas, pese a todos los
avatares. Y con nosotros el Amigo Pulardo, Tato, Bergamota el eximio polígrafo,
Doroteo y the Countess, cada vez más arrimados los dos últimos. Calvino de
Liposthey a menudo se une a la pequeña expedición que se monta desde Nava de
Goliardos, que también es Puebla de lo mismo. Lo que sea necesario para no
perder el hilo de sus crónicas.
El Amigo
Pulardo ha estado esta misma mañana husmeando por La Plaza, comprando alguna
entrada suelta, fisgando y observándolo todo desde su corta estatura, casi todo
el rato de puntillas sobre sus lustrosos botines de piel de potro, con sombrero
de jipijapa, pañuelo de algodón, corbata de lazo. El Amigo Pulardo se agita en
la cola de las taquillas, con poca gente que es muy pronto. Se le acerca un
reventa destentado: entradas para hoy. No gracias si tengo ya entradas, vengo
para otro día. Un abonado quiere colocar las suyas, son dos, porque el cartel
de por la tarde no le entusiasma del todo. Una entrada para el apartado oiga,
aquí tiene. Se dirige hacia el patio de caballos al trotecillo lento de su
piernas cortas aunque bien proporcionadas. Dos mejicanos piden un programa con
los carteles de San Isidro, que lo quieren llevar para Méjico de recuerdo. Se
les acerca un señor para explicarles que, por un euro, pueden ver el apartado
de la corrida de por la tarde, accediendo por el patio de caballos a los
corrales de la plaza. Se quedan como pensativos, asombrados del gesto amable en
su humildad de turista modesto, temeroso del engaño. ¿Un euro? Queda en el aire
el gesto amable. Mire, es que en los toros, como en la vida todo está en el
gesto.
El Amigo
Pulardo sube las escaleras despacio, enseguida resopla como un ternero cebado.
Va embutido en un terno magnifico, salido de las manos de un buen sastre. No ha
renunciado a eso. Los toreros se visten de plata y de oro. ¡El Amigo Pulardo se
viste también! Es su forma de hacer, a su manera, un gesto también. Para
mostrar respeto por los que pisan el ruedo, un respeto un poco trasnochado para
estos tiempos en que hasta la corbata cae y la gente no se viste ya ni para la
Misa del Gallo. El traje marca con precisión artesana su silueta canija,
elegante y oronda, llena de severo empaque. Pero se ha descuidado últimamente.
Teme que si resopla demasiado (resopla usted como una ballena oiga) salten las
costuras del traje y puedan asustarse los toros por el estallido, y la gente de
verle de repente en ropa interior, semi en cueros, como si de una performance
marrana se tratara. Así que se para en un peldaño y deja pasar a la gente, para
acompasar la respiración. Aquello está lleno de niños piensa con cierta alegría.
La cornamenta inmensa de uno de los bueyes de la parada de la plaza le recuerda
de inmediato a Fidelio Lentini Spotti, la pústula de los Abruzzos, el gran
cornudo. Se hace el silencio y desfilan los gruesos toros de los Espartales,
negros, ensillados. ¿Qué juego darán? Acodado en una barandilla repasa la
corrida a placer y ve moverse los toros con los ojillos encendidos.
Ya en el
museo taurino, saludos con el de las entradas. De usted me acuerdo caballero.
¿Les gustaron los toros de aquél día? El Amigo Pulardo va a tiro hecho. Lo que
quiere es leer de nuevo aquél poema conmovedor de Rafael Duyos, a la muerte de
su amigo Antonio Bienvenida. El sacerdote y el torero. Al Amigo Pulardo se le
va el sentido murmurando aquellos versos. También se acerca a ver el busto de
Ricardo Torres “Bombita”, y el retrato de Belmonte de Vázquez Diaz. Con los
billetes en el bolsillo se va a casa. Al salir del patio de caballos se cruza
con los dos turistas mejicanos que llevan en la mano las entradas del apartado
al que finalmente han asistido. ¡Por un euro, híjole!
miércoles, 24 de mayo de 2017
Conferencia de Alcides Bergamota el Grande (y motín). Parte I.
Tres noticias de un día cualquiera en los medios: el congreso aprueba
la prohibición de cortar el rabo a los perros; cien estudiantes se encierran en
los cuartos de baño de la facultard para reclamar que sean multigenero o algo
así, los presentadores de un programa de radio cultural (grima nos da escribir
la palabra) se refieren varias veces a Blancanieves como Snowhite, que se oye como esnoguaite… Gilipollez generalizada. Lógicamente,
tarde o temprano habrá llanto y crujir de dientes si no vuelven la aguas de la
tontuna, la memez y el joputismo al cauce de dónde no debieron nunca salir,
bien contenidas por todos los instrumentos coercitivos, de represión, palo y
tentetieso que sean necesarios para acotar esta chifladura colectiva. En primer
lugar una educación férreamente elitista, dónde se premie al alumno responsable
y trabajador con independencia de su origen social, una educación alejada de
las zarpas ponzoñosas del Estado y de esta infame clase política que la ha
destrozado en prácticamente toda Europa.
Así concluía la larga
conferencia dictada por el eximio polígrafo y ya estaban en plena batalla
campal, arrancando sillones.
(continuará...)
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