Son estos días entre Navidad y fin de año siempre inciertos, como entre dos aguas, tratando de descansar sin conseguirlo del todo, tratando de hacer mil proyectos sin realmente tener tiempo, trabajando, bregando, niños en casa. Y desde ayer por la noche dolor de garganta y un amago de trancazo. Una mañana larga, de verdad navideña, olvidada de todo, ha sido la del martes pasado. Aterrizamos en el Madrid viejo, vemos la exposición sobre Carlos III, hacemos luego un recorrido por varias iglesias para ver con los niños los nacimientos: Sacramento, San Miguel, San Isidro. Llegamos callejeando a la Puerta del Sol después de pasar por el Pozo dónde compramos mazapán, polvorones, y turrón de jijona, al haberse agotado el de yema. Nos despedimos de A y G que se quedan con su tía A. Llegamos C. y yo andando hasta la plaza de la Paja y comemos los dos en el Cosaco. El día entero sin teléfono. No es la primera vez que lo hago y es toda una liberación. El mundo como era antes, un único espacio, el que se pisa, y un solo tiempo.
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