sábado, 28 de febrero de 2026

Exposición del pintor danés Vilhelm Hammershøi (1864-1916). Por Genaro García Mingo, corresponsal.

Hay infinita información sobre este pintor, como sobre casi todo. En la página de internet del museo que organiza la exposición, en la red, hasta una lista de Spotify con la música que tal vez escuchó en su día. Era muy aficionado a la música al parecer y uno de los cuadros que más llama la atención es el retrato de un violonchelista. Tratemos de resumir lo que le ha parecido al modesto corresponsal de este periódico provinciano.

Este Vilhelm es sin duda un excelente pintor y sin duda también un hombre del norte, de muy al norte. Vemos cuadros de bellísima factura, composiciones equilibradas, un estilo y una visión personalísimos. Preferencia clara por los interiores y la arquitectura, interior y exterior. Una ventana, una puerta, la luz reflejada en la habitación. Una calle, un edificio. Un salón, con un personaje. Algunos retratos, pero da la impresión de que corresponden sobre todo a una etapa de juventud. Habría que verificar esto. Más adelante los retratos parecen limitarse a un único personaje, su mujer, Ida Ilsted. Ida tiene un rostro que nos resulta familiar, como de hoy y del norte. Guapa pero contenida, carita menuda, naricita respingona, pómulos y una expresión de desamparo, como si los ojos no miraran o lo hicieran sólo hacia adentro, hacia un interior desolado, una habitación fría (verán que esto que acabamos de soltar tiene mucho que ver con lo que viene a continuación). 

Hay varios autorretratos y cuadros en los que aparecen marido y mujer juntos. Pintó casi obsesivamente su propia casa que aparece como un lugar sereno, hermoso por los materiales excelentes, pero vacío, como suspendido en un espacio sin tiempo, detenido, dónde nada ocurre. En las muchas obras en que aparece la mujer del pintor, podemos verla unas veces retratada, pero muy a menudo como una figura de espaldas, ocupando un lugar estático en la habitación que parece ser lo que al pintor más interesa, en lo que primeramente se detiene su mirada: un ambiente refinado en el que apenas hay muebles, una mesa una silla, puertas macizas, paredes con zócalos de madera pintada y allí, como detenida también, su mujer, quieta, suspendida, como si no respirara. 

Bajo la excelente técnica, bajo la excelente pincelada, la cuidadísima composición, el magnífico dominio de cierta gama muy concreta y limitada de colores, nos asalta una frialdad sobrecogedora. Tres paisajes que también parecen quietos, inertes y como suspendidos. No imaginamos a Ida trotando alegre por el prado. Es imposible. 

Si al principio de la exposición los retratos de mujeres nórdicas, austeras y frías, con un aire protestante imposible de eludir, eran aviso de lo que podríamos encontrarnos, nada hacía presagiar hasta qué punto la frialdad de los magníficos interiores iba a resultar al avanzar por la exposición casi escalofriante. 

De la parte más importante de la exposición -la serie de interiores de formato mediano- destaca uno de ellos bañado en la luz dorada de un hermoso atardecer. Destaca sin duda porque se nos van los ojos detrás de tanto calor, de tanto oro y de esa luz tan cálida, casi se nota el verano, incluso en ese norte. Es un refugio. Pero pronto recibiremos el fuerte mazazo. Si Ida había estado de espaldas, o en un recatado perfil en casi todas las composiciones anteriores, ahora, sin previo aviso, la vemos de frente, de cuerpo entero y desnuda. Si llegábamos admirados por la factura, la técnica y la pincelada, pero helados por dentro, gélidos y como buscando ya la salida para respirar la avanzada de primavera madrileña, Ida de frente, saliendo de la bañera en postura encogida, azorada, de una blancura desvaída y triste, nos paraliza, se nos corta la respiración y poco falta para que broten las lágrimas. Hay afortunadamente, no muy lejos, un desnudo de pequeño formato, una bella de espaldas, rozagante, de carnes abundantes y luminosas, si no recordamos mal pintado por Eugene Carrière, en el que ojo asustado busca refugio y consuelo y que devuelve a la respiración su ritmo normal. 

Al salir de la exposición nos enteramos de que Ida y Vilhelm no tuvieron hijos. Al morir el pintor ya viudo, se subastaron sus bienes, incluida su biblioteca. Uno de los cuadros muestra un mueble con libros de Balzac y Dickens, lo que resulta consolador cuando esperábamos encontrar las obras completas de Lutero o sermones escogidos de Juan Calvino. 

Al salir del museo brilla el sol, los camelios del patio han florecido, unos en rojo, otros en blanco. 

Para el Heraldo de Nava, 

Genaro García Mingo, corresponsal.


Café.


El hombre de café es, entre otras cosas, manantial inagotable de resentimiento. 

Gregorio Marañon.

Lo que a Marañón le ha faltado en la vida es más café.

Ramón Gómez de la Serna.


domingo, 22 de febrero de 2026

Viento. De los dietarios de A. Bergamotta (o Bergomew).

Aunque el viento fortísimo viene helado, parece que se intuye hoy por fin la primavera. Dia de luz espléndida y colores intensos, más intensos por la prístina limpieza del aire. Las ramas de los árboles se agitan y el azul del altísimo cielo es todavía frío y metálico, pero luce el sol que entra por las ventanas tocando las cosas con sus rayos, como si fueran la mágica varilla de un encantador. 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Avisos de Barrionuevo, II. La bodegonera. Madrid, vena del arca.

“De Nápoles se avisa el descontento del pueblo, con lo endiosado de Castrillo  y con las estafas de su mujer, que hace a todos, pidiendo y tomando cuanto le dan; haciendo muchos convites, y no a su costa, que duran de sol a sol; de que resultan hartos pasquines, pintándola como bodegonera (…). 

Ezpeleta anda retirado, no por lo civil, que eso ya se compuso, sino por confidente de Lanuza, y fato, depositario y mequetrefe de sus monipodios. Madrid, Señor, es la vena del arca donde acude toda la sangre del hombre. Yo soy curioso, y tengo muchos amigos que con particular cuidado me advierten todo lo que pasa. Aquí vienen a parar las nuevas de todo el mundo, con que no es mucho que, habiéndome dado Dios un poco de talento, me echa a volar a todas partes en servicio de Vm., que guarde Dios como puede, deseo y le suplico. Madrid y Octubre 21 de 1654 años. – Besa la mano a Vm. su mayor servidor, D. Jerónimo de Barrionuevo.” 




domingo, 15 de febrero de 2026

Avisos de Barrionuevo.

De los avisos de Barrionuevo, esta maravilla que sigue, y forma parte del aviso XXII, de la edición, de M. Tello, 1892:

(…) De Inglaterra se avisa que el Parlamento, que es lo mismo que Cortes generales, que ahora se ha juntado, pide a Cromwell tres cosas grandes: la primera que despida el ejército, supuesto que no tienen guerra con nadie, ni doméstica, dentro de casa; la segunda, que declare si él es Protector sobre el Parlamento, o el Parlamento sobre él, porque ellos no tienen necesidad de que nadie les defienda ni ampare; la tercera, que diga qué religión profesa. Tiénese por sin duda que le han de matar, porque su ánimo es de no dejarse tiranizar de nadie, sino de ser aquella isla república soberana como Venecia. 

Lo que yo tengo por cierto es que Dios ha de permitir entre ellos guerras civiles, para echar del mundo gente tan atroz y bárbara, pagando sus pecados acá y allá. Avisaré de lo que hubiere. 




martes, 10 de febrero de 2026

Cuento sin edulcorar. De los papeles dispersos de A. Bergamota. Por el tono puede corresponder a la época de hierro.

Ayer nos sirvieron una carne en el polígono, una pieza llamada croca, que a medida que íbamos cortando sangraba con cada vez mayor abundancia. Quedaron los platos cubiertos de una sangre color grosella y yo recordaba aquellos cuentos antiguos, en que el alimento, en realidad un ser querido cocinado por la malvada bruja se queja y lamenta, dando signos que permiten adivinar lo sucedido, la realidad.

lunes, 9 de febrero de 2026

Jardines. Un comentario ácido.

Con lo bonito que es un jardín, que puede ser espléndido, recogido, delicado, como se quiera, hay que ver la cantidad de cursilería y ñoñez que destila la literatura de jardines, los lugares comunes más planos con pretensiones de sensibilidad, con libros como Jardín oculto, por Emily Ploch Grão de Bico.