El Amigo Pulardo, la última vez que asistió a un coloquio taurino, tuvo que abrirse paso a la salida a golpes. Con dos o tres brutales panzadas se quitó de encima a los más beligerantes y logro que se abriera un pasillo por dónde le dejaron salir sin atreverse a arrimarse, mientras el gritaba enfervorecido ¡¡Muera el arte, muera el arte y vivan los toreros buenos!!
CEPO GORDO
CIGARROS PUROS Y OTRAS CUESTIONES AZULES
domingo, 10 de mayo de 2026
sábado, 28 de febrero de 2026
Exposición del pintor danés Vilhelm Hammershøi (1864-1916). Por Genaro García Mingo, corresponsal.
Este Vilhelm es sin duda un excelente pintor y sin duda también un hombre del norte, de muy al norte. Vemos cuadros de bellísima factura, composiciones equilibradas, un estilo y una visión personalísimos. Preferencia clara por los interiores y la arquitectura, interior y exterior. Una ventana, una puerta, la luz reflejada en la habitación. Una calle, un edificio. Un salón, con un personaje. Algunos retratos, pero da la impresión de que corresponden sobre todo a una etapa de juventud. Habría que verificar esto. Más adelante los retratos parecen limitarse a un único personaje, su mujer, Ida Ilsted. Ida tiene un rostro que nos resulta familiar, como de hoy y del norte. Guapa pero contenida, carita menuda, naricita respingona, pómulos y una expresión de desamparo, como si los ojos no miraran o lo hicieran sólo hacia adentro, hacia un interior desolado, una habitación fría (verán que esto que acabamos de soltar tiene mucho que ver con lo que viene a continuación).
Hay varios autorretratos y cuadros en los que aparecen marido y mujer juntos. Pintó casi obsesivamente su propia casa que aparece como un lugar sereno, hermoso por los materiales excelentes, pero vacío, como suspendido en un espacio sin tiempo, detenido, dónde nada ocurre. En las muchas obras en que aparece la mujer del pintor, podemos verla unas veces retratada, pero muy a menudo como una figura de espaldas, ocupando un lugar estático en la habitación que parece ser lo que al pintor más interesa, en lo que primeramente se detiene su mirada: un ambiente refinado en el que apenas hay muebles, una mesa una silla, puertas macizas, paredes con zócalos de madera pintada y allí, como detenida también, su mujer, quieta, suspendida, como si no respirara.
Bajo la excelente técnica, bajo la excelente pincelada, la cuidadísima composición, el magnífico dominio de cierta gama muy concreta y limitada de colores, nos asalta una frialdad sobrecogedora. Tres paisajes que también parecen quietos, inertes y como suspendidos. No imaginamos a Ida trotando alegre por el prado. Es imposible.
Si al principio de la exposición los retratos de mujeres nórdicas, austeras y frías, con un aire protestante imposible de eludir, eran aviso de lo que podríamos encontrarnos, nada hacía presagiar hasta qué punto la frialdad de los magníficos interiores iba a resultar al avanzar por la exposición casi escalofriante.
De la parte más importante de la exposición -la serie de interiores de formato mediano- destaca uno de ellos bañado en la luz dorada de un hermoso atardecer. Destaca sin duda porque se nos van los ojos detrás de tanto calor, de tanto oro y de esa luz tan cálida, casi se nota el verano, incluso en ese norte. Es un refugio. Pero pronto recibiremos el fuerte mazazo. Si Ida había estado de espaldas, o en un recatado perfil en casi todas las composiciones anteriores, ahora, sin previo aviso, la vemos de frente, de cuerpo entero y desnuda. Si llegábamos admirados por la factura, la técnica y la pincelada, pero helados por dentro, gélidos y como buscando ya la salida para respirar la avanzada de primavera madrileña, Ida de frente, saliendo de la bañera en postura encogida, azorada, de una blancura desvaída y triste, nos paraliza, se nos corta la respiración y poco falta para que broten las lágrimas. Hay afortunadamente, no muy lejos, un desnudo de pequeño formato, una bella de espaldas, rozagante, de carnes abundantes y luminosas, si no recordamos mal pintado por Eugene Carrière, en el que ojo asustado busca refugio y consuelo y que devuelve a la respiración su ritmo normal.
Al salir de la exposición nos enteramos de que Ida y Vilhelm no tuvieron hijos. Al morir el pintor ya viudo, se subastaron sus bienes, incluida su biblioteca. Uno de los cuadros muestra un mueble con libros de Balzac y Dickens, lo que resulta consolador cuando esperábamos encontrar las obras completas de Lutero o sermones escogidos de Juan Calvino.
Al salir del museo brilla el sol, los camelios del patio han florecido, unos en rojo, otros en blanco.
Para el Heraldo de Nava,
Genaro García Mingo, corresponsal.
Café.
Gregorio Marañon.
Ramón Gómez de la Serna.
domingo, 22 de febrero de 2026
Viento. De los dietarios de A. Bergamotta (o Bergomew).
miércoles, 18 de febrero de 2026
Avisos de Barrionuevo, II. La bodegonera. Madrid, vena del arca.
Ezpeleta anda retirado, no por lo civil, que eso ya se compuso, sino por confidente de Lanuza, y fato, depositario y mequetrefe de sus monipodios. Madrid, Señor, es la vena del arca donde acude toda la sangre del hombre. Yo soy curioso, y tengo muchos amigos que con particular cuidado me advierten todo lo que pasa. Aquí vienen a parar las nuevas de todo el mundo, con que no es mucho que, habiéndome dado Dios un poco de talento, me echa a volar a todas partes en servicio de Vm., que guarde Dios como puede, deseo y le suplico. Madrid y Octubre 21 de 1654 años. – Besa la mano a Vm. su mayor servidor, D. Jerónimo de Barrionuevo.”
domingo, 15 de febrero de 2026
Avisos de Barrionuevo.
De los avisos de Barrionuevo, esta maravilla que sigue, y forma parte del aviso XXII, de la edición, de M. Tello, 1892:
(…) De Inglaterra se avisa que el Parlamento, que es lo mismo que Cortes generales, que ahora se ha juntado, pide a Cromwell tres cosas grandes: la primera que despida el ejército, supuesto que no tienen guerra con nadie, ni doméstica, dentro de casa; la segunda, que declare si él es Protector sobre el Parlamento, o el Parlamento sobre él, porque ellos no tienen necesidad de que nadie les defienda ni ampare; la tercera, que diga qué religión profesa. Tiénese por sin duda que le han de matar, porque su ánimo es de no dejarse tiranizar de nadie, sino de ser aquella isla república soberana como Venecia.
Lo que yo tengo por cierto es que Dios ha de permitir entre ellos guerras civiles, para echar del mundo gente tan atroz y bárbara, pagando sus pecados acá y allá. Avisaré de lo que hubiere.









