martes, 10 de febrero de 2026

Cuento sin edulcorar. De los papeles dispersos de A. Bergamota. Por el tono puede corresponder a la época de hierro.

Ayer nos sirvieron una carne en el polígono, una pieza llamada croca, que a medida que íbamos cortando sangraba con cada vez mayor abundancia. Quedaron los platos cubiertos de una sangre color grosella y yo recordaba aquellos cuentos antiguos, en que el alimento, en realidad un ser querido cocinado por la malvada bruja se queja y lamenta, dando signos que permiten adivinar lo sucedido, la realidad.

lunes, 9 de febrero de 2026

Libros.

"No ver la educación como una etapa previa a los años de trabajo, sino paralela y de toda la vida. Flexibilizar contenidos y calendarios en los planes de estudio para combinar educación y trabajo. Entrenar para el autodidactismo, y en particular: enseñar a leer libros completos, a resumirlos por escrito y discutirlos.

Después de la imprenta (renacentista) y la internet (actual), ¿se justifica la universidad (medieval)? Ya en el siglo XIX, Carlyle escribía: "La verdadera universidad hoy es una colección de libros". Lo más que puede hacer un maestro universitario por nosotros es lo mismo que un maestro de primaria: enseñarnos a leer (Los héroes, V).

Desgraciadamente, se han multiplicado los universitarios que no saben leer libros, y las universidades no se hacen responsables de tamaña atrofia.”

Gabriel Zaid, Reforma, 28 de septiembre, 2014, publicado en Letras Libres.






domingo, 8 de febrero de 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

El sofá.

En la calle que forman las dos hileras de naves yuxtapuestas a lo largo cientos de metros, apoyado de pie contra una pared, un sofá viejo de estructura de hierro forrada de azul. Tiene sujeto con celo un folio en el que a mano han escrito “Para llevar gratis”.



viernes, 6 de febrero de 2026

El doctor Melón. De los dietarios de A. Bergamota.

Evaristo Melón Pomelo. Hoy ha visto llover por la mañana, a cántaros, y formarse charcos. Ha oído como el limpia parabrisas hacia ruido al pasar por el cristal, para llevarse las gruesas gotas de agua. Se oía un roce, ir y venir. Luego ha sentido el frío, un frío muy fuerte, transportado por un viento helado, mientras se acercaba al bar del polígono para tomar café. Ha oído allí quejas y lamentos, voces exclamando ¡no puedo más! Ha intentado palabras de consuelo. ¿Pero qué quiere que le diga? Es difícil. Ha dicho: hombre, si comparas lo que te pasa con ser esclavo de los turcos en el siglo XVI y remar en una galera por el Mediterráneo bajo el látigo del cómitre, pues te quedas más tranquilo. Su comentario ha causado estupor. Ha visto puños cerrarse. Y encima los turcos te ponían mirando a Cuenca. Esto último lo ha dicho ya con un pie fuera del local. Por si las moscas.
Ha metido el pie en un charco. Y de nuevo el aire feroz, al andar entre las dos inmensas naves que forman como una chimenea gigantesca y sin fin. Al fondo el edificio de la enorme farmacia. Aquí todo es enorme. Los bocadillos también. Es que no son para un finolis como tú. Usted, por favor, tráteme de usted que no nos conocemos. Llamadas y llamadas, sin parar. La gente habla todo el tiempo. Primero con un indio de la India y una china de China o de algún rincón del lejano y misterioso oriente. Seguro que llamaba desde unas oficinas construidas con bambú sobre el agua, en el delta de un río, palafitos orientales. El indio hace un extraño ruido al hablar. Al hacer una pausa se oye un “tlac”, el golpe de la lengua sobre el paladar. Se oye el tlac cada cierto tiempo, rítmicamente. Tal vez sea el arroz con curry el que lo provoque. ¡Cuidado! ¡Cuidado que se va usted deslizando por cierta pendiente! No lo crea, me contengo. Al oír al indio hablar inglés, me bloqueo, dejo de entender, sólo veo una imagen, la de Peter Sellers en la película el Guateque. Y gracias a que me bloqueo contengo las ganas de ponerme a hablar igual, imitando su acento átono, sus giros reverentes. Sayonara sahib, me gustaría decir. Pero creo que no sentaría bien.
Me perseguirían los dos, la china y el indio, con una cimitarra y una cerbatana, lanzándome dardos envenenados, intentando rebanarme el pescuezo. Luego ha hablado con unos alemanes. Estaban con sus cervezas de diez litros, uno de ellos enchufado a un enorme barril de Pilsner, ya saben, “color dorado claro, cuerpo ligero y un amargor notable de lúpulo.” Pero comparados con el lejano y misterioso oriente, estos dos alemanes resultan anodinos. Más tarde el doctor Melón y Pomelo se ha marchado a comer, con un poco de lectura. Lectura para melones, es decir, prensa. Salmón, piña de postre, agua, un poco de pan. Por alguna razón se le ha quedado la panza tensa como la piel de un tambor. Al volver hacia el redil ha salido el sol y con él, una luz brillante. 

Atmósfera cristalina, limpia, luminosa. Pero eso no ha quitado el frío. En la mesa de al lado uno que también se llamaba Melón, no Sandía no, Melón. También es coincidencia. A la vuelta, una parte de la acera está tapizada de tamuja que nadie recoge. Es decir, cubierta de las agujas que tiran los pinos que asoman por encima de una tapia. Con la lluvia se ha formado con una pasta mullida y oscura, sobre la acera, entre la tapia y unos contenedores a la derecha. Uno de ellos maltrecho. En el de papel, Melón ha tirado los artículos de prensa leídos durante la hora de comer. La camioneta no le cede el paso, como era previsible. Es de mantenimiento de ascensores. Si no está despierto, le planchan. En la recepción hay una que habla con su novio Felis. Así, con ese. Melón se asoma a la ventana. ¡Qué día espléndido se ha quedado! ¡Todo brilla con reflejos de plata! ¡Se estremecen las hojas de los árboles bajo este repentino rayo de sol! ¡Un altísimo cielo cargado de nubes escenifica un pictórico rompimiento de gloria de cegadora luz! Pensando que puede ser un temprano anuncio de la primavera, Melón y Pomelo relincha un poco. Varias cabezas de la oficina se giran al oírlo. Melón luego suspira. Y se sienta. No creo que sea necesario recordarle los deberes y obligaciones que a usted competen, y que tiene usted familia, Melón, así que baje los estores y a lo suyo. Lo primero es lo primero.

viernes, 2 de enero de 2026

Gente reaccionaria. Se agradecen las sugerencias para mejorar la traducción al español.

Pendant le dîner (aux frais de Max, chez Lapi) il a entamé le chapitre de l’anticléricalisme italien.

« C’est le grand moteur des illustres idioties. Oh, une loi qui forcerait tous ces imbéciles à se rouler – sous peine de mort- aux pieds de tous les moines et de tous les prêtres qu’ils rencontrent dans les rues ! »

Et il a bu au pouvoir temporel des Papes.

Rentré ; un peu fatigué d’avoir entendu tant de paroles.

 

A. O. Barnabooth, Journal Intime.

Valéry Larbaud.

Bibliothèque NRF de la Pléiade, page 101.


     “Durante la cena (a cargo de Max, en Lapi), abordó el tema del anticlericalismo italiano.

«Es el gran motor de las idioteces ilustres. ¡Oh, una ley que obligara a todos esos imbéciles a postrarse —bajo pena de muerte— a los pies de todos los monjes y sacerdotes que se encontraran por la calle!»

Y brindó por el poder temporal de los Papas.

Volví a casa un poco cansado de haber escuchado tantas palabras.”




jueves, 1 de enero de 2026

Primero del año. De los dietarios de A. Bergamota.

Por lo menos una cosa buena es sentarse a escribir un momento. ¿Contar las celebraciones de estos días? Realmente, de la vida cotidiana, para escribir un momento, lo más divertido es lo más inmediato. Lo que apetece poner en el papel es el gesto, el rasgo, el momento. Un fogonazo, una visión, una pequeña observación. Los gestos de la cajera o las madres en las tiendas. En estos días de ajetreo, en la librería apareció una señora muy mayor, que quiso atenderme. Yo sólo iba a pagar una deuda. Ya. Pues entonces con ella, yo soy su madre, sabe. En el herbolario, una escena parecida. Cuando estoy pagando y ya charlando con la señora que me atiende, noto como alguien se acerca mucho a mí, demasiado, para lo que son las distancias en una tienda. Enseguida me rebasa, es una señora. Cruza el umbral del mostrador y al hacerlo me dice, mirando a mi interlocutora, es que soy su madre. Con eso quedaba explicando el movimiento y la libertad de cruzar del otro lado. 

En la librería dejé a deber 50 céntimos al pagar un libro en efectivo y la librera, amablemente, me dijo que no pasaba nada, que otro día. Así que me acerqué el día 30 o tal vez fuera el 31 por la mañana – estos días he dado larguísimos paseos- para devolverlos. Me puse a la cola con la moneda en la mano. Algo inconsciente me había llevado por los alrededores de la librería, hasta que al meter la mano en el bolsillo y notar la moneda, recordé la pequeña deuda. En la cola fue cuando quiso atenderme la madre. La dueña ya me había visto por el rabillo del ojo, mientras apuntaba, con muchísimas dificultades, el número de teléfono de un cliente que se lo tuvo que repetir tres veces. Sin duda se debió aquello a que me había visto, y estaba mentalmente preparando la escena para cuando yo pagara, sin prestar la atención necesaria a lo que escribía. Se marchó el cliente y quedé yo en primera línea junto al mostrador. Alargué la moneda y con una sonrisa dije: Vengo a pagar mi deuda. Entonces, arrebolándose y con la mejor voz y un ademán como de salón antiguo me dijo que por favor, que no hacía ninguna falta, que no debía haberme molestado, ¡por favor! Al insistir yo – de ninguna manera, le dije, no estaba yo tranquilo, no se me podía olvidar- tendió la mano y deposité en ella la moneda. Todo en las alturas, lejos del mostrador. No llevaba ese día sombrero. De haberlo llevado hubiera podido quitármelo y embarcarme en mayores jeribeques, reverencias con paso atrás y otras ceremonias. Fue una escena verdaderamente versallesca.